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Organización

Mediante la Resolución 4594 de 2018, modificada por la Resolución 07007 de 2018, el Ministerio de Educación estableció el cronograma para la aplicación del Día E.

Desde el año... Ver más

El inicio del año escolar está marcado por las listas de materiales educativos que necesitan los estudiantes para sus clases. Es también, época de alarma para la economía familiar.

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El inicio del año escolar está marcado por las listas de materiales educativos que necesitan los estudiantes para sus clases. Es también, época de alarma para la economía familiar.

Uno de... Ver más

Docentes y directivos

Docente de nativos digitales

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En este artículo, Alejandro Piscitelli el filósofo argentino que creó y dirigió el portal educativo pionero Educ.ar, plantea el problema del interés en el conocimiento que ofrece la escuela por parte de estudiantes que viven en entornos digitales, con argumentos provocadores, para el debate. Con su autorización lo reproducimos de su blog, “Filosofitis”.

Una verdad insípida nunca interesará. Una mentira excitante sí... William Bernbach

Docente que no comunica superlativamente tiene poca duración.

Apenas pude leer parte del libro más reciente de Joan Ferres “La educación como industria del deseo. Un nuevo estilo comunicativo”. Ferrés, que es un viejo y admirado conocido nuestro, pescó un par de requisitos básicos para determinar qué es ser un buen docente en el siglo XXI.

Para él es imposible/impensable un docente que no tenga capacidades comunicativas superlativas, únicas que lo inmunizarán y le permitirán competir con la oferta creciente de estímulos y de potenciación del deseo supuesto por el complejo mediático, y más aún por la convergencia mediática extraordinariamente bien ejemplificada en el último libro (ya viejo de dos años) de Henry Jenkins Convergence Culture... Todo docente que se precie debe ser un maestro en competencia comunicacional.

Docente que no seduce/persuade tiene poca duración

Menos previsible, pero no menos importante, es el segundo requisito para ser un buen docente a principios del tercer Milenio. Si un docente quiere ser escuchado, entendido, asimilado e incluso contestado críticamente, necesita ser un excelente vendedor, un poderoso publicitario, necesita llegar no solo a la cabeza de los chicos sino sobre todo hacer titilar (y educarlos en) sus emociones. Todo docente que se precie tiene que ser un maestro en inteligencia emocional.

Si bien los ejemplos y las argumentaciones de Ferrés resultan muchas veces simplistas y desconocen el detalle de cómo ha cambiado la comunicación y el deseo en los tiempos de Internet, en un terreno anquilosado por una proclama retórica de valores, un desconocimiento creciente de la asimetría/asincronía entre los tiempos de la escuela y los tiempos de los chicos, y sobre todo, habiendo hecho una apuesta insensata buscando volver a algún paraíso perdido que nunca fue, justo en un momento en donde una serie convergente de tecnologías e infraestructuras hacen posible imaginar una democratización auténtica de las competencias y las habilidades como nunca antes, conviene analizar en cierto detalle sus propuestas y recomendaciones.

De la transmisión a la transacción

El problema con gran parte de la profesión educativa es que dice creer una cosa y sus exponentes hacen otra. Dice buscar ciertos objetivos pero utiliza herramientas que los vuelven imposibles de alcanzar. Es demasiada la energía que se gasta en declamar y despotricar, pero es muy poca la energía efectiva que se utiliza para reinventar la profesión, para recuperar lo mejor de la tradición pedagógica, a la vez que se añade la sal y la pimienta de los nuevos dispositivos y categorías epistemológicas que nos permiten no solo entender al mundo sino construirlo a través de procesos cada vez más complejos e inextricables.

más complejos e inextricables. Pero nos equivocaríamos mal y pronto si imagináramos que los problemas centrales a tratar son de naturaleza operacional (usar o no tecnología en el aula, cambiar o no de didáctica, medir cuan conductistas o constructivistas somos en el aula concreta) cuando en realidad son de naturaleza política y conceptual, y están vinculados a factores relacionales, emocionales y sobretodo vinculares escasamente tratados. Por eso es tan valioso -aunque a veces a un tanto superficial- el aporte de Ferres.

El educador como mediador

Porque si bien fue cierto siempre que el educador para ser tal debía privilegiar la dimensión mediadora de la tarea educativa y ser llamado a mediar, a conciliar polos opuestos e integrar contrarios, en este mundo más polarizado, mas irreconciliable, mas atravesado de diferencias y más dispuesto que nunca al conflicto y a la confrontación, tal tarea aparece desde el vamos como condicionante de todo lo demás.

Mediadores hay de muchos tipos y clases y muchos se quedan cortos en cuanto a su relevancia docente. El mediador que estamos imaginando no es ni el mensajero, ni el mecenas ni el editor, o incluso las propias musas. Tampoco son los sacerdotes y las celestinas, los chamanes o los diputados, los creativos publicitarios, los árbitros, los críticos de arte, aunque todos ellos cumplen cierto tipo de función mediadora.

En todos esos casos queda claro que el mediador es un tercero entre dos, que actúa siempre en el terreno del conflicto utilizando estrategias conciliadoras. En el caso educativo, -como siempre- la cosa es más compleja y sutil. Porque el mediador no solo debe ser capaz de resolver los conflictos (en un mundo donde éstos vienen agigantados por las diferencias de capital cultural y simbólico, social y emocional, cognitivo y económico) sino que encima -para que la mecha educativa finalmente encienda, también debe ayudar a crearlos.

El educador resuelve conflictos pero los crea también

He aquí la definición de educador que queremos endosar. Ser un buen educador implica poseer esa capacidad mediadora de resolver los conflictos derivados de la divergencia de intereses de los educandos y de la institución académica, así como la capacidad de crear en ellos conflictos cognitivos, de romper sus esquemas, de sembrar dudas, inquietudes, incertidumbre, desasosiego y curiosidad intelectual -pero también emocional, así como atizar las otras inteligencias a la Howard Gardner o a la Daniel Link.

Algo que por otra parte es la definición misma del mundo actual, que a diferencia de etapas anteriores sobrenada en las contradicciones y necesita muchas veces, antes que inventar sesudos esquemas intelectuales o sofisticadas didácticas, simplemente ver lo mismo (el mundo cada vez más supuestamente absurdo que nos rodea), pero con otros ojos. No los del desaliento o de la crítica comparativa con edenes perdidos, sino los de la valoración plena de la complejidad, la perplejidad y el caos como disparadores maravillosos de nuevos fenómenos de comprensión.

De la mediación educativa a la mediación tecnológica y vuelta. Y de cómo repensar ambas

La mediación educativa queda muchas veces subsumida como un capitulo menor de la mediación técnica entendida en el peor de los sentidos. Por eso venimos desde hace años trabajando con autores de la categoría y capacidad irreductiva de Bruno Latour, Lucien Sfesz, Scott Lash y tantos otros para revertir esta doble miopía.

Uno. La tecnología no opera como los marketineteros y vendedores de ilusiones sostienen, simplemente por ósmosis, generalización, extensión, aceptación acrítica y fundamentalmente en forma inercial.

La variante educativa de este tecnofetichismo insiste en que basta que un mensaje sea vehiculizado por una tecnología para que se convierta en eficaz. En esta versión edulcorada, progresista y lineal de la articulación tecnología/educación, las nuevas (viejas) tecnologías serian la oportunidad que nos regalarían los nuevos tiempos para recuperar de manera automática el interés de los alumnos por el aprendizaje.

Zapping cognitivo ¿triunfo o fracaso de los nuevos formatos?

Dos. Sabemos al revés de lo que promulga ese fetichismo generalizado, que las tecnologías no solucionan de por si los problemas educativos, ni en el ámbito de la enseñanza, pero tampoco en el del entretenimiento. La inanidad de este recorte esta ejemplificada por el zapping utilizado como herramienta en contra del lenguaje televisivo tradicional.

Como siempre McLuhan sabía que decir y porque lo decía. Nadie insistió como él en la capacidad que la sociedad y el poder establecido tienen para forzar a los nuevos medios a desempeñar el papel de los viejos. Con las tecnologías en el aula pasa exactamente eso. La introducción de la TV, el video y ahora la computadora en red en su seno, ha sido irrelevante porque en vez de potenciar el carácter disruptor de los nuevos lenguajes, narrativas y medios, se las ha utilizado simplemente como ilustración y amplificación de una voz poderosa, unidireccional, asimétrica cual fue tradicionalmente la del maestro y ahora es la del productor del canal, el director o las políticas autorales.

Hasta ahora el uso de la tecnología en el aula ha permitido perpetuar el viejo discurso de siempre, un discurso verbalista y monolítico -aunque se vende como crítico y dialógico. Y cada vez que se le pide a la tecnología que esté al servicio de la pedagogía en realidad lo que se busca (o se logra) es reforzar estos modelos y negar otras promesas implícitas o encubiertas de la tecnología, entre las que están romper irreversiblemente con ellos.

La publicidad como modelo para la enseñanza

Cortemos pues con el rollo. Los problemas educativos no se resolverán con panaceas tecnológicas. Porque no son problemas tecnológicos sino básicamente comunicacionales. Es decir de estilo comunicativo. La eficacia de la tecnología en los procesos de enseñanza-aprendizaje está condicionada por la efectividad del estilo comunicativo con las que se las utilizan.

Para que el nuevo medio brinde lo mejor suyo necesita de una explicitación de su especificidad expresiva. Y sobre todo de un estilo comunicativo capaz de conectar con la sensibilidad de los destinatarios, de sintonizar con ellos, un estilo que se adecúe a los cambios producidos por el nuevo entorno social en las nuevas generaciones de los alumnos.

En este sentido Ferres se mete en un atajo, raramente frecuentado por los educadores, al insistir en que si la eficacia educativa está condicionada por la eficacia comunicativa, es necesario asumir que la publicidad es un modelo para la enseñanza. Porque más allá de las diferencias entre la educación y la publicidad, hay puntos de convergencia sumamente significativos entre ambas.

Comunicación educativa y comunicación publicitaria

Ambas son tipos de comunicación persuasiva/seductora destinadas a modificar los conocimientos, las actitudes, los valores y las pautas de comportamiento de los receptores. Los profesionales de ambos campos se ven constreñidos a elaborar sus mensajes en función de un target muy delimitado que hay que conocer con anticipación en sumo detalle.

Ambas formas de comunicación se ven obligadas a vencer indiferencias y reticencias de todo tipo, relacionadas con la falta de interés que despiertan los productos que se desean vender. Para decirlo de una forma brutal que debería llevarnos a cambiar a los educadores gran parte de lo que hacemos, los publicitarios son maestros en su arte mientras que nosotros no dejamos de declamar nuestra impotencia y fracaso.

¿No es este un motivo más que claro para alentar la comunicación competitiva, confrontativa en/con los docentes siguiendo el modelo publicitario, rompiendo con viejos prejuicios y saliéndonos de la cajita de cristal edulcorada, con la que queremos seguir identificando a la docencia con los cuentos de hadas?

Vocabulario bélico y educación

El tipo de vocabulario que usan los publicitarios para referirse a los componentes del proceso comunicativo está básicamente extraído del vocabulario bélico. Los educadores que se jactan de su pacifismo a ultranza y de su predisposición por la conciliación antes que por la confrontación, detestan el lenguaje publicitario y lo sindican en las antípodas del educativo.

Deleitarse en los lenguajes políticamente correctos puede ser un rasgo constitutivo de la profesión docente, pero encubre tanto como devela. Conozco a demasiados docentes de todos los niveles, (y me pasaba hasta hace algunos años en la UBA, cuando finalmente reinventamos nuestro enfoque) que ven las clases como un campo de batalla, ignorando qué armas utilizar para alcanzar sus/nuestros objetivos, imaginando que existen herramientas mucho más poderosas que las dominadas por nosotros para vencer resistencias y para despertar conciencias.

Por eso Joan Ferres nos invita a quitarnos la máscara, a poner los puntos sobre las íes, y a asumir plenamente que la docencia es una campaña publicitaria que necesita definir su blanco, afinar la puntería, recurrir a las mejores armas, diseñar una buena campaña, seleccionar las mejores estrategias y el listado continua indefinidamente.

Tecnologías para la seducción de audiencias

Entre las enseñanzas que nos regalan los publicitarios figura haber descubierto que las nuevas tecnologías son una excelente oportunidad para la elaboración de mensajes seductores. Ellos mejor que nadie han identificado el poder corrosivo del estilo comunicativo de las tecnologías por encima de las tecnologías en sí mismas.

A diferencia de la escuela y de la Iglesia que están centrados en la sobreestimación de los contenidos en una actitud unilateral, de broadcast, top down, los publicitarios y marketineros saben que el éxito del proceso comunicativo radica básicamente en la capacidad de sintonizar con el receptor, de conectar con sus habilidades, intereses y deseos, es decir en la primacía del receptor como nos viene enseñando la teoría de la recepción desde hace 3 o 4 décadas, pero sin que la escuela ni la Iglesia (como lo testimonia el crecimiento imparable del evangelismo) lo perciban y contraataquen.

Porque en el discurso educativo lo que brilla por su ausencia es el receptor. Ignorando los brutales cambios cognitivos, emocionales y relacionales disparados por una inversión de 180 grados en los medios, que han pasado (por razones tecnológicas, culturales e ideológicas), de ser medios de broadcast a medios de narrowcast pero invertidos (donde el receptor de antaño se ha trasmutado él/ella mismo/a en emisor), el receptor brilla por su ausencia.

Diseñando nuevos emisores

Parte de la fascinación que el receptor siente por los mensajes publicitarios, por los programas televisivos o por los videojuegos, proviene del hecho de que le devuelve su propia imagen, la de sus preocupaciones y esperanzas, deseos y temores.

Jugando con las etimologías, que puede ser tanto fuente de sabiduría como capricho bien desplegado, recordemos que educar viene de e-ducere que significa exponer las potencialidades, mientras que seducir (se-ducere) significa llevar a alguien a otra parte, extraviarlo y acercarlo a otra dimensión. Solo se puede educar si se es capaz de seducir.

Educar es sintonizar con otros seres que viven en otra longitud de onda (Baricco lo dice sin pelos en la lengua: sintonizar con los barbaros), tener que mediar entre una institución escolar refractaria a la evolución y al cambio, y personas que cada día cambian mucho más rápido que cualquier institución imaginable. El conflicto es tan evidente que por eso es pasado sistemáticamente por alto.

Crisis encastradas

La crisis de la escuela es la crisis de la racionalidad occidental, la del dualismo cartesiano, la de las inteligencias acotadas lógico/matemáticas y lingüísticas. La escuela se desentiende de las emociones y de la intensidad, de las pulsiones y del deseo y se refugia en un limbo (aunque el Vaticano lo haya decretado como inexistente) hiperracional desprovisto de todo contenido empático y relacional.

La situación es contradictoria por cuanto el propio Aristóteles definía a la educación como educación del deseo. Con nuestra inveterada capacidad para reducir lo complejo a lo simple, y lo interesante a lo trivial, esta desafección por las ideas es tomada como apología del entretenimiento, la distracción y la evasión.

Como bien dice Jeroen Boschma en Generación Einstein, se trata de los más listos, más rápidos y mas sociales, pero definidos a la inversa como epítomes de una juventud haragana, inculta, "bárbara", cometiendo una falacia de concreción mal aplicada que haría las delicias de Alfred North Whitehead, acuñador del término.

Ideas vs emociones, un falso dilema

Resulta simplificador al máximo insistir en que la generación de los jóvenes en vez de manejarse por las ideas se maneja por las emociones, mientras que los adultos (que alguna vez fuimos jóvenes) lo haríamos solo por las ideas. Como la neurobiología (la obra de Antonio Damasio debería ser estudiada con no menor ahínco que la de Humberto Maturana) lo ha demostrado hace mucho, nadie se mueve por las ideas. A lo sumo algunas personas se mueven gracias a su pasión por algunas ideas. Todos nos movemos por las emociones, algunas más primarias, otras más elaboradas, algunas en estado primigenio y violento, otras tamizadas por la intervención de la corteza cerebral.

Si la publicidad entiende al receptor mucho mejor que la educación es porque entiende mucho mejor al mundo emocional en el que el receptor vive como pez en el agua. Aunque escribió sobre el tema hace 4 décadas, y cuando lo hizo fue para criticar de un modo demoledor al sistema de producción de mercancías, Baudrillard entendió bastante bien al sistema de los objetos.

¿Génesis ideológica de las necesidades y nada más?

Baudrillard fue uno de los pioneros en hacernos entender cómo funciona el mundo de consumo de las mercancías. Poniendo de relieve que la producción de bienes materiales y de servicios no cumple su función social si no va acompañada por la producción de deseo. ¿Para qué producir si no hay quien quiera comprar? La industria convencional necesita el apoyo de una industria del deseo. A este proceso el pensador francés lo denominó (bastante reduccionistamente) génesis ideológica de las necesidades).

Pero el deseo no goza de buena salud en todas las civilizaciones. Al revés, tanto la ética griega como la era cristiana hicieron lo imposible (pero nunca lo suficiente) para contener, bloquear, disipar y finalmente diluir los deseos. Pocos filósofos contemporáneos, a excepción de Michel Onfray (retomando intuiciones y desarrollos fantásticos hechos por Gilles Deleuze hace cuatro décadas) han entendido adecuadamente el valor educativo de las sociedades hedonistas (ver en especial La contrahistoria de la filosofía).

Sociedades como máquinas de generación de deseos

Sea como fuere la sociedad postindustrial se ha convertido (buscando potenciar el hiperconsumo) en una máquina de generación de deseos que deja chiquititos los análisis de David Riesman y de Vance Packard de los años 50 y 60, convirtiéndolos en manifiestos ingenuos y en advertencias tibias e ineficientes.

La cultura del espectáculo es también una cultura del deseo, pero el cumplimiento del deseo a diferencia de lo que creen Lipovetzky y Baudrillard, no necesariamente es alienante. Ferres de pronto da otra vez en el clavo. La eficacia publicitaria se evidencia en lo imprescindible que son para los consumidores una panoplia de objetos y servicios generalmente irrelevantes o superfluos.

Lamentablemente a los educadores nos pasa exactamente al revés. Decimos poseer productos encantados (valores, conocimientos, procedimientos, pauta de comportamiento) indispensables para el desarrollo de personalidad y sus presuntos destinatarios (la Generación Einstein de Boschma).

Con una claridad y una contundencia pocas veces vista en el ámbito educativo, Ferres detecta los fenomenales déficits que hay en el ámbito educativo y cultural para crear deseo. No se sabe cómo cumplir esta función, hay (a veces) productos de calidad, pero no se sabe cómo venderlos. Se ignora la dimensión pulsional, se pasa por alto el deseo y sobre todo se hace caso omiso de la neurobiología que nos permite entender con mucho mas detalles que antaño de que estamos hablando.

El área de "seeking"

Porque fue Jan Panksepp quien descubrió en los seres humanos un área denominada "seeking" situada en el cerebro emocional responsable de provocar inquietud y excitación. Mark Solms, otro neurobiólogo esclarecido, descubrió que esta área es la misma que se activa durante el sueño onírico, coincidiendo con la libido freudiana.

Panksepp descubrió como neurobiólogo lo que Freud había descubierto psicológicamente

El cerebro emocional es el responsable de todas las actividades creativas, de motivar la acción, de impulsarla y de movilizarnos. El cerebro emocional es la central energética del cerebro, generadora de las apetencia, impulsos, emociones y estados de ánimo que dirigen nuestra conducta.

La mercadotecnia está obsesionada por evaluar el conocimiento que tienen los consumidores de las marcas, así como el afecto que le profesan tanto en el caso de los niños como en el de los adultos. En la ausencia de alguna de las dos dimensiones es imposible actuar (vender) eficazmente.

En el caso de la educación jamás se mide el afecto o interés que despiertan determinadas contenidos curriculares. Preocupa exclusivamente la dimensión cognitiva y nada la emocional. Explicar contenidos es solo una de las reglas del juego educativo.

La educación debe convertirse en industria del deseo si quiere ser industria del conocimiento

La mayoría de los docentes se consideran responsables de la explicación de los contenidos, no de la implicación de los alumnos y alumnas. Creen simplistamente que a los profesores les corresponde explicar bien y al alumno esforzarse por aprender bien y eso es todo. Pasan por alto que ser docente es tener capacidad de implicar al alumno y suscitar su capacidad de esfuerzo.

De nada sirve enseñar a leer sino se enseña (si no se les transmite) el placer de leer. Parafraseando a Kant podríamos decir que la habilidad sin el deseo es vacía, y que el deseo sin la habilidad es ciego.

El yamike (¿y a mí qué me importa lo que estás diciendo?) es el enemigo número uno de cualquier actividad de transmisión que quiere convertirse en transacción. La clave del éxito en la lucha contra el yamike obliga a que nos convirtamos en maestros de la comunicación persuasiva.

El error de muchos profesionales de la enseñanza es dar por supuesta la demanda y limitarse a facilitar el producto, a transmitirlo. La falta de motivación de una buena parte del alumnado obliga al profesional de la enseñanza a ser, ante todo, publicitario, a crear demanda. Comunicar mejor para que se venda más. Vender a los demás las ganas de comprar.

¿Cómo juega todo esto en una cultura digital caracterizada por la hiperaceleración, la interactividad, el aprendizaje horizontal y la lectura en mosaico?

Las tecnologías vienen vapuleadas estos días. Desde Ministros que piden autorización social para poder experimentar con ellas, hasta Presidentes de asociaciones de TIC's, que execran los chantajes que el mercado hace sobre las operaciones de aprendizaje, y en ambos casos con meditada razón.

Una buena forma de ver el entrecruzamiento de las tecnologías con la educación es en términos de síntoma social, es decir -como bien apunta Ferrés- como causa y reflejo de los cambios sociales y personales que experimentamos a diario.

Y si bien no hay recetas mágicas cada vez que queremos pensar/reinventar la intersección tecnología/educación, no hay tampoco experto o lego que no insista en que hay que convertir al receptor en eje de la dinámica comunicativa. Pero nadie sabe cómo hacer esta reconversión, porque no sabemos casi nada (aparte de las proyecciones distorsionadas que hacemos sobre ellos) de la manera de ser, hacer, pensar y expresarse de los Bárbaros, Generación Einstein o nativos digitales.

Por suerte las tecnologías son reveladoras de los cambios experimentados por las jóvenes generaciones. Son un síntoma porque funcionan como medios y operan como mediaciones. Las tecnologías son mucho más que cacharros o artefactos. Son conversaciones, pero son también el entorno en el que han nacido las nuevas generaciones.

Reinvención social de las tecnologías

Como Ilka Tuomi y Bruno Latour, como Wiebe E. Bijker y Harry Collins, como Lisa Gitman y Henry Jenkins y muchos otros desde matices levamente diferentes nos lo vienen demostrando, las TIC son invenciones técnicas condicionadas y condicionantes, en función de su especificidad tecnológica y expresiva.

Hay que hacer mucha más etnografía de la que tenemos hasta hoy (y en ese sentido revistas canónicas como First Monday aportan mucho en esta dirección), para saber en qué medida y dirección las TIC's están cambiando (o no) nuestros hábitos perceptivos, cognitivos y socializantes.

Sin embargo así como los educadores se quejan del determinismo tecnológico, tenemos derecho a tener reservas respecto del determinismo pedagógico. Las tecnologías tienen valor como símbolo, independientemente de su uso educativo, desde su especificidad y desde los usos sociales generalizados que se hacen de ellas fuera del ámbito escolar, en situaciones de aprendizaje multideterminadas que aumentan cada día.

Cinco factores contextuales. Empezando por sensorialidad y dinamismo

Según Ferrés los síntomas pueden agruparse en cinco categorías empezando por la intensificación de la sensorialidad y la concreción. Mientras la imprenta privilegió la abstracción y la conceptualización, las TIC's han ido configurando la identidad expresiva de los nativos digitales y sus usos sociales de una forma muy distinta a las pautas impresas. Como bien nos recuerda Jeroen Boschma los Nativos Digitales son más listos, más rápidos y más sociales.

La fotografía y el cine y la TV fueron iconizando el universo abstracto de la imprenta. Internet empezó siendo textual por default, pero con la aceleración de los procesadores y de la transmisión, la invención del color y el aprovechamiento pleno del multimedia, Internet también ha seguido el mismo camino que otros medios iconizantes previos.

La imprenta -como bien lo recordaba Bruno Latour en un artículo maravilloso- se encargó de movilizar trazas inmóviles. Difunde pero estáticamente, traslada pero en forma incambiada, multiplica pero no pretende alterar el contenido. Las TIC's van en la dirección exactamente contraria.

Dinamización sin fin

La Web también ha potenciado y creado un medio dinámico. Pero lo que más ha demostrado el aumento de iconocidad, concreción, sensorialidad y dinamismo han sido los videojuegos, tal como lo comprobamos estudiando a Geek, a Jenkins y sobre todo a Frasca y a los ludólogos.

La hiperestimulación sensorial, el dinamismo vertiginoso y la relación entre lo visual, lo sonoro y lo motriz forman parte de la definición del nuevo medio. Los videojuegos mejoran la coordinación motriz, la integración de estímulos visuales y auditivos. La coordinación perceptiva y neuromuscular, la rapidez de respuestas y los reflejos, con una intensidad y una omniabarcatividad nunca vista con las tecnologías de la información previas.

Estas habilidades -si bien no contradicen las textuales- tienen poco y nada que ver con ellas como bien nos lo recordaba Baricco en su ensayo canónico sobre Los Barbaros. Articularlas es, empero, uno de los desafíos más estimulantes, pero también más frustrantes, que vivimos a diario en el aula y fuera de ella.

Emociones Primarias, procesamiento intuitivo y fomento de la interactividad

Para Ferres la tecnología como síntoma se comprueba asimismo en el reforzamiento de las emociones primarias, la difusión de un procesamiento intuitivo de la información y el fomento de la interactividad propia de los nuevos modos de comunicar y de sentir.

Porque con una llaneza y al mismo tiempo una provocación que rara vez vemos/escuchamos en estos temas, Ferres ha cernido al toro por las astas. Los cambios de los que las tecnologías son síntoma, causa y efecto (en un proceso de circularidad causal sin fin) están vinculados a la solicitación preferente del cerebro emocional sobre el racional y más concretamente con la activación de las emociones primarias.

Por su mayor proximidad con el intelecto, el texto escrito tiende a privilegiar respuestas de carácter reflexivo ("Estar de acuerdo o no"), mientras que la imagen, por su mayor proximidad a las emociones, privilegia las respuestas del tipo emocional ("Me gusta o no").

Para emocionarse a partir de un texto escrito hay que realizar complejas operaciones mentales que llevan a "descifrar" el significado. Las emociones son detectadas "empáticamente" pudiendo evadir un procesamiento lógico de la información

Tratando la información en modo flash

Todos los procesos anteriores convergen en formas muy diferenciadas de tratar la información. Mientras que la descripción de un entorno puede necesitar de una página de texto, una imagen se nos devela en su totalidad en instantes. La actitud de concentración exigida por el texto es sustituida por una de asimilación y apertura en el caso de la imagen.

Conocemos estos procesos semióticos desde hace décadas y han corrido ríos de tinta tratando de mostrar la predominancia de uno sobre el otro, pero no hemos tomado debida noticia de las consecuencias y de la socialización de estas prácticas en la conformación de nuevos patrones perceptivos y valorativos.

Cuando Sony convirtió sus series de los años 70 y 80 en Minisodios (reduciendo de 44 o 22 minutos a entre 3 y medio y 5 minutos los capítulos enteros) y además decidió no solo pasarlos en su propio canal en Myspace sino regalarlo por la red, percibió astutamente esta aceleración de la descodificación cognitiva.

El espectador contemporáneo se ha acostumbrado a encadenar, relacionar, asociar, comparar y contrastar. Todo va cada vez más rápido. Pero también todo es más sutil. Convenciones que tardábamos minutos en decodificar hace un siglo (el pasaje de la noche al día en una película por ejemplo) hoy se entienden en segundos. Publicidades que llevaban minutos en el aire, ahora se ven encapsuladas en 20 segundos y sobran para darnos cuenta de que se trata.

Internet se ha convertido en una cultura mosaico, caracterizada por la dispersión y el caos aleatorio. La cultura en la era tecnológica no es el resultado del esfuerzo por lograr conocimientos articulados, sino de una propuesta incesante del exterior con sus reglas y guiños que se nos imponen, nos iluminan, nos irritan pero fundamentalmente nos sacan de nuestro sueño dogmático. Estamos en las antípodas de la linealidad del libro. Y frente a esta constatación podemos llorar de pena o alegrarnos por la invitación a la reinvención del sentido.

Prosumidores e interactividad

De todo lo que estamos viendo la obliteración del poder omnipotente del autor y su sustitución a manos de la sabiduría de las multitudes, con sus riesgos y exageraciones, es una de las más fascinantes y de mayores alcances que podamos experimentar hoy. Se trata de la interactividad que cuestiona cualquier orden fijo, que hace posible menúes cognitivos a la carta.

Este panorama no hace feliz ni a los docentes ni a los padres, ni a los ministros ni a los forjadores de políticas

Todos se resisten a estas configuraciones y las imaginan (a veces bien intencionadamente pero muchas otras permeados de resistencia y agresividad) como meras estrategias de mercadeo o como chatura o pereza intelectual forrada en tecnoreduccionismo.

Pero poco importa esta visión de los educadores frente a una realidad que no está interesada en conciliar con ellos o buscar términos intermedios que no son ni chicha ni limonada.

Pero no estamos aquí para quejarnos impotentemente, ni para hacer leña de los árboles caídos o por caer. Partimos, siguiendo a Ferres, de una situación de incomprensión mutua y de conflicto de las generaciones. Este breve itinerario recorrido juntos ha permitido identificar cuáles son las raíces del conflicto, cuáles son las causas de la discordia, y cuáles son algunos de los elementos concretos entre los cuales hay que mediar. Ya hicimos un buen recorrido del problema, ahora se trata de empezar a proponer formatos, iniciativas y propuestas para ingresar decididamente en el tercer milenio educativo.

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