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Creo que en mi primera experiencia docente en un colegio percibí que podía intentar dictar cursos en una universidad. En mi opinión, la vocación docente se reafirma o desaparece en el contacto con estudiantes desde cierto punto de vista más exigentes, como los del bachillerato. Lo que me pasó es que me di cuenta que me gustaba investigar y me pareció que el lugar donde uno podía investigar y estudiar era una universidad.
Cuando comencé como profesor universitario, acababa de hacer mi maestría en Filosofía en la Universidad Estatal de Campinas (UNICAMP), en Brasil, así que me sentía mejor preparado para enfrentar a un público universitario. Sin embargo, creo no haber sido conformista con lo que sé y por eso he intentado profundizar en algunos temas que me interesan; en otras palabras, nunca he dejado de estudiar.
Yo comencé como profesor ocasional en el Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia en el primer semestre de 2005, pero me presenté al Doctorado en Filosofía en dicha institución el semestre siguiente y tuve la fortuna de obtener una beca para el programa. De ahí en adelante he dictado cursos todos los semestres como parte de la retribución obligatoria a la Universidad, pero para mí esta actividad académica siempre ha tenido un carácter de distinción y honor.
La Universidad Nacional, problemas y circunstancias aparte, es la más importante del país y ha asumido el fortalecimiento de los posgrados con generosidad y ambición: tiene un programa para estudiantes sobresalientes de posgrado (maestría, especialidades médicas y doctorado) que debe contar con unos 300 beneficiarios en todas las sedes e incluye un estímulo económico mensual muy digno y la rebaja de la mitad de la matrícula.
Poco a poco los convenios de movilidad académica se cristalizan y es más fácil ver a los estudiantes de posgrado viajando al exterior para pasantías y otras actividades (coloquios, encuentros, etc.). Creo estar hablando con la verdad al decir que el Departamento de Filosofía es líder en actividades académicas con profesores extranjeros de primer nivel y esa ha sido una experiencia muy importante para mí. Así que me considero muy respaldado en mi labor.
Esa es una pregunta difícil porque supone que yo ya superé las dificultades pedagógicas y creo que para un profesor joven eso es difícil de decir. En realidad, dado que mi especialidad es la lógica y que los estudiantes de Filosofía tienen una relación ambigua (de amor-odio) con esta disciplina, he intentado ofrecer cursos que me hubieran interesado en mi época de estudiante.
He percibido dificultades en la comprensión de algunos conceptos formales (cómo es un lenguaje lógico, cómo funciona, qué hay detrás de la idea de prueba, etc.) y por eso me he concentrado en conectar el desarrollo formal de la disciplina con discusiones contemporáneas en Filosofía del Lenguaje y en Teoría de la Argumentación.
Esa es la principal dificultad: conectar el contenido del curso con las preocupaciones filosóficas de los estudiantes y, modestamente, me parece que he avanzado en esa dirección, aunque eso habría que preguntárselo a los estudiantes.
El problema con esa pregunta es que yo comencé a trabajar de profesor en un colegio a los 23 años, así que mi parámetro para "joven" es ese; creo que viví mi "adolescencia profesoral", por decirlo así, en el colegio y no en la universidad. En general, he podido construir una relación de respeto mutuo con mis alumnos y, salvo unos pocos casos, no he tenido mayores problemas en ese aspecto. Mi relación personal con ellos es buena y normal.
No estoy al tanto de todos los detalles, pero sí hay política de relevo generacional. La universidad vinculó mediante la convocatoria 2017 aproximadamente a 300 profesores jóvenes y destacados. Al Departamento llegaron dos de primera categoría: ya doctorados, con numerosas publicaciones y experiencia docente e investigativa.
Según entiendo, la política consiste en renovar la planta de profesores para el año 2017 y el programa de becas está comprometido con la formación de doctores jóvenes (con 28 años al comenzar el doctorado) en parte por esa razón.
La idea es tener gente de la mejor calidad profesional y consolidar el proceso de renovación desde adentro de la universidad, aunque han entrado como profesores algunos profesionales de otras universidades e incluso extranjeros, lo que para mí es muy positivo, es como tener lo mejor de lo mejor a disposición.
En algunas universidades hay todavía prejuicios acerca de la competencia de los profesores jóvenes; yo mismo tuve algunos inconvenientes con otras universidades por esa causa en algún momento.
Considero esta posición injustificada, irracional y lamentable: el profesor tiene que ser evaluado por su hoja de vida y sus resultados con los estudiantes, cualquier otro factor, como la edad, es dispensable. Entiendo el miedo de algunos profesores de mediana edad al enfrentarse a alguien más joven y, casi siempre, con una hoja de vida más competitiva, pero lo importante es adelantar un examen más objetivo de lo que una determinada universidad necesita.
Creo que ahí está el problema: las personas que hacen la selección de las hojas de vida en algunas universidades se ven sometidas a muchas presiones por compromisos adquiridos, incuso políticos y no siempre hay un proceso basado en criterios claros. En mi opinión hay que cambiar a los que escogen a los profesores y entregar la selección a alguna entidad externa que haga una preselección a partir de las hojas de vida, como se hizo en el 2017, ahí podrían entrar profesores jóvenes sin tanto problema. Lo que importa es que entre el mejor, aunque sea el más joven; ahora eso no pasa en muchas universidades.
Lo primero es que, lamentablemente, en Colombia no hay mucho respeto por el conocimiento y, por ende, por los profesores universitarios. Es un lugar común que cuando uno ha estudiado Filosofía le digan algo como: "pobre, apenas para ser profesor". Hay que acabar con eso: el buen profesor es esencial a una sociedad rica cultural y materialmente.
También está la vocación: uno siente que le gusta y comienza a mejorar en clase, a ser más cuidadoso, más preciso en las explicaciones y ese llamado de la vocación es fuerte; es, para mí, el elemento de juicio más importante en cualquier decisión que uno tome.
Así que yo le diría a un profesional joven que, si le gusta de verdad, lo haga. Es lo mejor para él porque siempre va encarar su decisión como algo positivo para su vida futura y no como la única opción de ganarse la vida. Para volverse profesor lo más importante es sentir la vocación.
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