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Tanto por aprender

Un mar de edificios lo rodean. El bullicio, la multitud de gente, el rumor desaforado, la prisa sin objeto, los miles de negocios y comercios; toda una sociedad de consumo que parece absorber cada instante de la vida de un citadino común; todo, todo esto y muchas cosas más, envuelven a Ramiro.

Recuerda haberse preguntado desde que tiene conciencia el por qué de una vida frenética y llena de improvisada complejidad. Nunca ha comprendido por qué el hombre teme vivir sencilla y naturalmente, y, en vez de esto, inventa ridículas formas de complicarse la existencia, es por eso que decidió ser biólogo. Los hombres necesitan grandes y costosas casas, lujosos y costosos autos, costosos celulares, costosos computadores, costosa la comida, costosa la ropa, costoso el metro cuadrado…

- ¿Costoso el aire que respiramos?...Por ahora, no. Pero quién sabe cuándo empezará a tener precio. – Razona Ramiro.
Nunca ha sido bueno para vivir de apariencias. Le molesta esa concepción tan vana sobre la vida. Le molesta que midan a las personas por su ropa, por su celular, por su dinero.

Justo en ese momento, de la nada, sale un auto a toda velocidad, que no contento con empujarlo fuera de la acera, hace salpicar el agua de un charco, y ensucia toda la ropa de Ramiro. La gente que transita por la calle empieza a reir, Ramiro muy enfadado, y sin saber qué hacer, se quita su ropa, en frente de una ciudad que exhala pudor, codicia, y la irreversible importancia que se le da a la imagen en nuestros días. Somos una mentira aparente.

Pronto, y antes de que lo aprehendan, decide vestirse e irse a su casa. Odia vivir acompañado por un complejo de muros y paredes, esas paredes humanas que no fraternizan con la naturaleza, ese conglomerado de personas que vive de exteriores, y no de la amplitud que puede regalar el generoso medio virgen, pulcro.

Ramiro llega a su casa, y cada vez más convencido de que su próximo viaje le hará comprender muchas cosas sobre su vida, revisa su equipaje una y otra vez. No quiere olvidar algo y arrepentirse durante su aventura. No va a cualquier parte. Ha estado esperando este viaje desde hace mucho tiempo, la amazonía es un lugar que siempre ha ansiado conocer, desde que empezó su carrera universitaria.

- Repelente, toldillo, protector solar, la ropa… ¿no se me queda nada?...No, creo que no… ¿Ya son las 11? Mejor me acuesto, mañana debo estar temprano en el aeropuerto.- Dice Ramiro.

- Señoras y señores, esta tripulación les da la bienvenida al vuelo Bogotá-Leticia, de Aerolíneas Maloca. El vuelo tendrá una duración aproximada de una hora y cuarenta y cinco minutos. En caso de alguna eventualidad este avión está equipado con varias salidas de emergencia…

La voz de la azafata se confunde con la emoción de Ramiro. Por fin conocerá la Amazonía, se deleitará con el trabajo de campo que tanto ha esperado, observando el río, la fauna que habita en el denominado pulmón del mundo, las culturas que va a conocer, y sobre todo, lo que más le interesa, ver por fin, con sus propios ojos, cómo una sociedad se las puede arreglar para vivir felices, conviviendo, tan sencillamente como es posible, respetándose no sólo entre ellos sino al medio que les rodea. Y no es cualquier medio. Es uno de los medios más importantes, sensibles, y frágiles de la tierra, la selva amazónica, la que provee el 40% del oxígeno del mundo.

El vuelo se vuelve eterno. Ramiro está desesperado pensando en todo lo que llegará a conocer y las experiencias que vivirá…pero aún la velocidad que tiene el avión le parece extremadamente lenta para sus ilusiones que parecen ir al triple de ésta.

- Esa es una de las grandes ironías de la vida…El tiempo parece tomar una figura lenta y pasiva cuando se necesita que apresure su marcha. Pero cuando quisiéramos que los segundos fueran eternos, son efímeros, e irremediablemente, incontenibles.

Por fin, Ramiro divisa el aeropuerto de Leticia. Pero no es la proximidad de su aterrizaje la que lo petrifica. Es el río…aquel majestuoso río que parece una lámina de plata, aparentemente inmóvil pero lleno de vida, un espejismo tan real…Y esa selva, un mundo verde, un conjunto de árboles que parecen tragarse todo lo que exista, ese gigante pasivo, pero digno de ser respetado…

Ramiro baja del avión, llega al hotel en Leticia. La inmensa sinfonía de grillos se hace completamente presente. La noche llega y habita la selva. Ramiro duerme mientras millones de árboles a su lado albergan una de las zonas más biodiversas del mundo.

Al siguiente día se dispone a explorar la selva, el río, la fauna, las maravillas de compartir la naturaleza. Hace un arreglo con la gente de la región y una barca lo lleva a poblaciones aledañas. El guía que lo acompaña es un integrante de la comunidad Tikuna y amablemente va enseñando al joven las especies endémicas de la región, los usos medicinales de las plantas, el valor religioso de éstas, las ceibas, la victoria regia, los yarumos, los tucanes, las guacamayas, los monos, las serpientes, las ranas, las arañas, las hormigas, los pastizales… ¿Pastizales?, ¿Ganado vacuno?... ¿Tramos sin árboles?...Ramiro afronta la realidad.

La selva sucumbe ante el poder del dinero, de la industria. Siente un dolor enorme en el pecho…cada árbol que tumban, son miles y miles de años perdidos, la máquina lo tala, el empresario lo vende y disfruta del dinero que obtiene, y se deberán esperar miles de años a que la humanidad se de cuenta del daño que le hacemos al medio, a nosotros mismos. Mientras tanto, el olvido y la indiferencia se los lleva, ¡Adiós!

El guía explica a Ramiro que la inversión y el capital extranjero pagan por talar la selva, por explotarla, pero nadie se preocupa por retribuir algo a la naturaleza…

Es tarde. Deben volver al hotel. Justo antes de tomar la barca, y, casi como un milagro, que anima por completo a Ramiro, los delfines rosados lo dejan perplejo con su espontaneidad, parecen danzar justo al frente del muelle, disfrutando de su plena libertad, de vivir tranquilamente en las aguas de un río majestuoso. Parecen sonreír a su fortuna, a la ventura que no tiene ninguno de los que trabajan 26 horas al día en una ciudad llena de un río de frialdad, de soledad entre multitudes.

El canto de los pájaros despierta a Ramiro. No recuerda haberse levantado con un sonido tan melodioso…Despierta radiante y muy temprano pues hoy va a congeniar con una de las tribus amazónicas. Otra de las ilusiones que ha tenido desde el día cero como estudiante de biología.

De nuevo, casi sin creerlo, cuando se dispone a tomar el bote, los delfines rosados lo saludan…Viaja al menos 5 horas en la lancha, y llega a un recóndito lugar en la selva. Saluda a los integrantes de la tribu y aprende un poco de sus costumbres. Por fin, Ramiro tiene oportunidad de preguntar la razón de la sinrazón. La causa que hace que los humanos busquemos un mundo lleno de excesos, estrafalario, y tremendamente solo.

- Siempre he querido saber a qué se debe la necesidad del hombre de complicar su existencia, si todo lo que necesita puede encontrarse en un medio natural como éste….-dice Ramiro.

- Querido Ramiro, esta pregunta la hemos formulado todos los líderes de la tribu a lo largo del tiempo y la única respuesta que encontramos es que el hombre ha desestimado la importancia del contacto con la naturaleza, de lo simple que es conseguir la felicidad en las cosas perfectamente naturales, de agradecer y devolver lo que la tierra nos da. El hombre ha olvidado que el punto último de la felicidad está en la sensibilidad que es indestructible y no en lo material, físico, frágil, débil, que es muestra de la avaricia y codicia del ser. El mundo no se ha vuelto loco, Ramiro. Siempre lo ha estado. Desestimar lo que se tiene y añorar lo que no, es clara muestra de excentricidad.

El curso regular de las cosas es adaptarse al medio, convivir felizmente con éste, y sólo si no hay repercusiones para ambos, generar cambios, para el bien del conjunto humano-mundo. El canto de un pájaro ha sido sustituido por un despertador, los árboles por cubos de cemento de 80 pisos, el río que emana vida, por el río que limpia los desechos de las ciudades, la comida que se siembra en la tierra, por latas y plásticos innecesarios…-Dice el Chamán.

- Tanto por aprender…-Respondió Ramiro.

Institución
Educativa

Seudónimo

Nombre
estudiante

Docentes

Ciudad
o municipio

Reyes Católicos

Watalia

Natalia Botía Chaparro

Montserrat Colilles e
Inmaculada Pizarro

Bogotá

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