En Santa Marta
El niño de la Esperanza
Con su programa “El niño de la esperanza”, Marta Pinzón convirtió la clase de educación física del Colegio Fátima de la Policía en Santa Marta, en una clase de valores éticos.

Por: Carlos Mauricio Vega
Fotografía: Julián Lineros


En febrero de 1992 se corría la media maratón de los Juegos Nacionales de Barranquilla. En la categoría femenina punteaba de manera aplastante una atleta menuda, rubia y ojiazul, oriunda de Boyacá: Marta Pinzón. Fue como en el cuento de la liebre y la tortuga: llegó a acumular más de tres minutos de ventaja y decidió parar a hacer pipí.

Error craso en un atleta de alto rendimiento como ella, que además había estudiado educación física en la universidad. La parada la descompensó, y aunque volvió a arrancar con ventaja sobre sus seguidoras, no pudo mantener el ritmo y perdió la medalla de oro: llegó tercera.

Esa fue una amarga lección que Marta no olvidará por el resto de su vida: disciplinarse, prepararse y no sobreestimarse. Pero el atletismo le había dado muchas más ventajas. Hija de un policía boyacense, Marta Pinzón se ganó la vida con sus piernas desde muy temprana edad. Se formó como atleta profesional y recorrió el país varias veces, corriendo las distancias de fondo y semifondo de los festivales atléticos de muchas ciudades. Ganar o quedar en los primeros puestos era fundamental, pues con el dinero de los premios pagaba sus estudios de educación física.

Un camino inesperado

Hacia 1999 sufrió una fuerte crisis personal. Se había rutinizado en su trabajo de profesora de educación física en el colegio de Fátima, de la Policía en Santa Marta. Casada con un ingeniero de transportes que trabaja con Fenoco y amorosa madre de Dani y María Esperanza, su vida transcurría en la rutina normal de trabajo y familia propia de la clase media colombiana. Marta había escogido la educación física como profesión porque odiaba los libros. Odiaba estudiar, escribir y trabajar intelectualmente. Su pasado de atleta de alto rendimiento le facilitaba mucho su labor, y su relación de toda la vida con la Policía la hacía sentir arropada dentro de una especie de familia adicional.

Sin embargo, Marta se sentía incompleta. Como persona sensible, de inclinaciones artísticas que no pudo desarrollar en su juventud, sentía que su espíritu le exigía algo más que levantarse, ir a trabajar y cuidar de sus hijos. Además, la situación de los niños del colegio también la torturaba. Hijos de policías generalmente destacados en servicio por períodos de quince días, sufren mucho por la lejanía de sus padres. Sólo el 20 por ciento de los 600 alumnos del colegio disfrutan de su padre en casa. Otro 20 por ciento es hijo de padres separados. También un alto número de niños tiene a su padre inválido, mutilado o muerto por acciones del servicio: hay 34 huérfanos. En muchos niños de estas instituciones se agazapan la ira, la tristeza, la frustración y la desesperanza. Esos sentimientos gravitan sobre todo el grupo escolar. Marta comenzó a ver una conexión entre su clase de educación física y la mística deportiva con el alivio a esas tensiones morales de sus alumnos.

Fue entonces cuando recayó sobre ella una exigencia que agravó su crisis. El rector del colegio de Fátima de entonces, teniente Freddy Muñoz, le ordenó de manera perentoria presentar un plan académico fundado en valores para aportar al PEI de la institución. Si Marta no vinculaba teórica y estructuralmente su clase de educación física a todo el marco académico, irremediablemente perdería su empleo.

El teniente sabía lo que hacía. Puso a Marta en una situación límite y consiguió que ella sacara lo mejor de sí misma. Marta cayó de rodillas frente a sus imágenes favoritas, las del Divino Niño y su madre, y les preguntó por qué la castigaban poniéndola a estudiar y a escribir a sus casi cuarenta años. Iluminada por los sermones de un cura de la parroquia de su barrio, en Santa Marta, comenzó a reflexionar sobre sistemas de valores y su aplicación a los jóvenes de su colegio. La conexión entre valores deportivos y valores éticos se le hizo repentinamente clara, lúcida, como en una aparición mística que ella atribuye a una suerte de milagro.

El Niño de la Esperanza

Marta se embarazó de una idea y tuvo entonces su tercer hijo, un hijo de cartulina, de crayola y de lámina de espuma de colores: el Niño de la Esperanza. Su hijo tiene muchas caras y ya no es su hijo: es hijo de todo el colegio de Fátima. Alumnos y alumnas lo han adoptado y en cada salón de clase, junto al tablero, hay una versión diferente de este infante de dos dimensiones que representa los valores de cada uno de los alumnos.

El Niño de la Esperanza es un muñeco vestido con la sudadera del colegio. Pero cada una de las prendas tiene un valor ético específico: las medias de la humildad, los pantalones de la esperanza, el cinturón de la fe, la camisa de la tolerancia, la cachucha de la sabiduría. En sus clases de Educación Física, al tiempo con sus ejercicios, Marta comenzó a transmitir esos valores a los niños mediante un ejercicio muy sencillo: hacer el muñeco en cartulina o espuma y vestirlo como si fuera un juguete. Los niños pegan al cuaderno un par de medias de bebé o de muñeca, recortan pantalones de espumita, cosen camisetas de mentiras. El Niño de la Esperanza habita sus cuadernos, los cuartos de sus casas, su colegio, su propio cuerpo. Y cuando se ponen sus propias medias y sus propios pantalones para hacer gimnasia con sus compañeros, se están poniendo la humildad, la esperanza, la fe, el esfuerzo, el amor.

El programa tuvo tanto éxito entre los niños que el colegio tuvo que adoptarlo para que funcionara en todas las clases. Atraviesa toda la actividad académica y recreativa de la institución. Fue Eberto Julio Pallares, un antiguo amigo de su padre que es educador en Carmen de Bolívar, quien leyó las primeras cuartillas que redactó Marta sobre el Niño de la Esperanza, vio su potencialidad y le tachó, le corrigió y la orientó sobre cómo debía presentar el documento pedagógico que el teniente Freddy le exigía. Trabajando en coordinación con Amarilis Vence, profesora de ascendencia wayuú que es coordinadora académica del colegio, y con Viviana Guzmán, la psicorientadora, Marta presentó el Niño de la Esperanza en el marco de un foro regional del Ministerio de Educación, en donde se destacó pos su creatividad y entusiasmo.


Ahora Marta Pinzón encontró el amor a los libros y la pasión por la lectura. Investiga sobre su tema día y noche, y ha desarrollado todo un esquema teórico sobre la paz del país y el Niño de la Esperanza. Busca textos de filósofos que van desde Kant hasta Santo Tomás para sustentar su teoría sobre la importancia de la felicidad, y sostiene sin pudor que el pensamiento es el peor de nuestros enemigos, sin saber que la idea de silenciar la mente para obtener la paz viene de las prácticas del budismo zen. El muñeco está ahora coronado por el Esfero del Amor, porque Marta sostiene que a través de la expresión de los sentimientos en la escritura se puede fijar y comunicar el amor entre los niños. Además ha desarrollado una nueva herramienta, la radiografía del Niño de la Esperanza, para medir algo que en apariencia no tiene cómo: el crecimiento en valores.

Al atardecer de un miércoles luminoso, lleno de púrpuras y lilas sobre el cielo del Morro y de Punta Betín, acompaño a Marta a su diario trote por la playa de la Bahía. A lo lejos se ven fondeados los barcos bananeros, los novios amartelados por el malecón, los niños haciendo cabriolas en el mar, los pescadores tirando línea desde la punta de los tajamares. Con la misma pasión con la que hace todo, Marta me enseña ejercicios básicos de yoga que la han acompañado durante años. Habla como ametralladora, de teorías educativas, de lemas del Niño de la Esperanza, de reflexiones religiosas. Es un ser lleno de cariño y de energía para dar. Observo la transformación que el Niño de La Esperanza ha traído no sólo a los niños del colegio, sino a los propios hijos de Marta, que absorben el caudal de enseñanzas que fluye de ella sin que se dé cuenta. Me habla de las muchas envidias de su gremio, de las suspicacias que despierta su trabajo entre quienes tienen más preparación teórica o académica que ella o quienes han desarrollado proyectos con mayor sustento científico pero menos éxito entre los niños. Me habla también de libertad, de amplitud de miras y de espíritu, de tolerancia, y sobre todo de esperanza. Esas envidias con las que lucha día tras día escudada en su Niño de la Esperanza la afectan, pero no la tocan. Indudablemente Marta es un ser libre, una gaviota que vuela sobre la bahía.

Alejandra Barrero

Es una adolescente de trece años nacida en Bucaramanga. Vive en Santa Marta porque antes de que sus padres se separaran, su papá estaba destacado como policía en esta ciudad. Ahora está destinado a un pueblo del páramo entre Boyacá y Santander. Alejandra no lo ve sino cada seis meses, cuando tiene vacaciones y el dinero para viajar hasta donde él está de servicio. Allá lo espera durante las horas muertas de las guardias, y los días y las semanas antes de los permisos, para tener un poco de papá antes de acabar de crecer. Mientras cuenta todo eso, debajo de un árbol de pivijay en el patio del recreo, se le van llenando los ojos de lágrimas poco a poco. Alejandra es una niña extremadamente escéptica, desencantada de la vida. Sufre mucho por la ausencia de su padre, y se consiente el sufrimiento. Le hago ver que ella tiene su padre en buena salud; lo puede llamar por teléfono, verlo de vez en cuando, quererlo, sentir su amor, así sea en la distancia. Antes de acabar la frase otra niña de doce años, Estefany Paola Restrepo, me cuenta que su padre quedó inválido a los 25 años por el estallido de una granada, cuando Estefany aún estaba en el vientre de su mamá. El agente Néstor Restrepo es ahora, a los 38 panadero. Maneja sus hornos, sus bultos de harina, sus bandejas, sus vitrinas y hasta sus ventas desde su silla de ruedas, solo, sin más ayuda que la de su hija cuando llega del colegio. Y aunque padre y madre viven en la misma casa, cada uno en un piso, desde hace muchos años no son ya pareja.

Al grupo se une Alexa Morales, una joven morena y hermosa, alegre como una castañuela, que me muestra su cuaderno de educación física, con todos los apuntes de clase que les dicta Marta Pinzón, y una sección especial dedicada al Niño de la Esperanza. Al lado de los calcetines de la humildad, pegados delicadamente al cuaderno con escarcha de colores y colbón, está la foto de un Policía de Carreteras con su gran moto, elegante en su camisa verde clara y sus botas, con sus gafas oscuras y su sonrisa de agente de película. "Es mi papá"; dice. "Dónde está", le pregunto. "Está muerto. Se mató en la moto hace dos meses", me dice. Antes de que pueda pestañear, estoy llorando y todas las niñas conmigo. Es un llanto quedo, como resignado. Cuando pasa, les pregunto qué sienten por el Niño de la Esperanza.
"Lo amamos", me dice con una sonrisa húmeda Alejandra.


Santa Marta, Magdalena
La capital del departamento de Magdalena está enclavada en una región especializada en el cultivo del plátano, el algodón y el tabaco, así como en la cría de ganado; desarrolla un comercio de exportación en torno al plátano, café y cuero. La actividad industrial se basa en la pesca (pescado fresco y conservas), la elaboración de cerveza y la manufactura de materiales de construcción (ladrillos y azulejos). Su población en 1997 era de 343.038 habitantes.

Colegio Nuestra Señora de Fátima
Esta es una Institución orientada a educar los hijos de los miembros de la Policía Nacional de Colombia. Tiene desde preescolar a 11 grado, con cerca de 700 alumnos.

Competencias
Grados: 8°-9°. Grupo: Convivencia y paz, tipo de competencia: emocional. Estándar de competencia básica: "Identifico y supero emociones, como el resentimiento y el odio, para poder perdonar y reconciliarme con quienes he tenido conflictos".

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