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Siendo niña escribía en mis diarios lo que me acontecía como comúnmente lo hacen los chicos de esa edad. Desde el año 1997 me he sentido motivada por todo aquello que se relacione con la literatura, teniendo un vivo interés por formarme como escritora, con el objetivo de llegar a muchos a la vez por medio de lo que pueda escribir dentro de algún tiempo no muy lejano.
Ese año creé un cuaderno de poesías, -que si bien es cierto no me considero de talento poético-, para el cual me sentía inspirada en ciertos momentos para hacerlo. También intenté llevar un cuaderno de cuentos que nunca terminé por darme cuenta de lo poco interesantes que eran.
Siendo estudiante del Instituto Alexander Von Humboldt en ese mismo tiempo, participé en un concurso de Cartas de Amor del Colegio Pestalozzi de la ciudad, para el cual usé el seudónimo Lucy Ormel, y con el que quisiera continuar escribiendo en tiempos venideros.
En el año 1999 comencé a escribir una novela basada en hechos reales; un testimonio interesante contado por una amiga. Relato del cual sólo he hecho su primer capítulo, que he ido mejorando a través de todos estos años. Sé bien que para escribir algo bueno hay que borrar muchas veces.
Es a finales del año 2004, -siendo corresponsal de la empresa Punto Cardinal Comunicaciones de Medellín-, que emprendo personalmente mi carrera como escritora dando rienda suelta a mis manos escribiendo todo cuanto se me ocurriera sobre algunos temas y enviándoselos a mis amigos por correo electrónico.
En estos momentos procuro prestar atención a cada convocatoria, a cada concurso o a cada oportunidad que se me presenta por medio del Internet o de los periódicos que diariamente leo. Y este es el primero que envío, siendo otros de mi interés el mencionado por el escritor Amaury Díaz y el Premio Alfaguara de Santillana.
No había nada de especial en aquel lugar. Era un chiquillo de dos años y todas las veces que mamá me llevaba allí, yo me prendía de su pierna sin llorar, intentando comunicarle mi consternación, mi desconsuelo. Pero ella no hacía caso de mi actitud. Con un beso en la mejilla y una sonrisa de oreja a oreja lograba confundirme y hacerme amar aquello que yo consideraba
casi indeseado por mí.
El mismo día de mi graduación quise escribir lo que era un colegio ideal. Mi mamá me observó intranquilo y se acercó a mí preguntándome por las causas de mi silencio pensativo y, con mucha calma, fui preciso al decirle que necesitaba mucha concentración ya que debía escribir algo especial. Un poco confundida abrió más los ojos, sonrió, pasó su mano por mi cabeza, dio media vuelta y me dejó solo. Me sentí inspirado aún más.
Dispuesto a iniciar la aventura de plasmar en un papel lo que sentía, ya sin pensarlo más, escribí: Un colegio ideal es aquel colegio que inspire la confianza de mis padres para que ellos puedan sentirse contentos de dejarme por primera vez en él sin temor. Es también, aquel colegio que abrigue la esperanza de un niño acostumbrado a la calidez del hogar, mostrando a través de sus profesores el dulce encanto del estudio que prenda la chispa de mi interés y, me haga olvidar la tristeza de perder el refugio que por naturaleza obtengo dentro de la casa de mis papás.
Mi colegio ideal es el que sea capaz de infundir aliento en mi madre para que sin demostración débil de su franca tristeza, acepte abandonarme en brazos de otros que contentos me ayudarán a cruzar el difícil camino de la vida. Sus aulas que diesen puerta abierta a la potente luz del sol, bien ventiladas y de amplia longitud horizontal y vertical, me darían la oportunidad de tener un lugar personal donde guardar mis objetos de interés y mis encantadores medios de aprendizaje que incluye libros, lápices, juguetes y una bonita paleta de pintura que acompañada de mi vestido de artista con la boina roja me hacen ver como un verdadero profesional del dibujo.
No podría faltar nunca el verde natural de los árboles que seriamente arraigados al suelo saludan con buena pelusa a los entretenidos niños que corren, saltan o brincan a su alrededor y con los cuales comparten su oxígeno saludable. Este centro de estudios debe ser tan inteligente para comprender que cada vez que nos envían con nuevos datos para descubrir o labores que realizar en casa, tanto más lo amamos por no poder olvidar durante todo el día su infinito interés de formarnos.
Y que tenga claro que soy un ser integral, que necesito descansar y que me de unas largas vacaciones para multiplicar mis fuerzas, en las cuales podré sentir verdaderamente que lo extraño. Es ideal porque entiende la necesidad de dejar volar mi imaginación proporcionándome nuevos conocimientos, avances, técnicas y nueva tecnología que me lleven también a emprender algo nuevo en la vida y así no me permiten estancarme sabiendo que siempre estaré en un constante cambio.
Además, debería permitirme expresarme verbalmente la mayoría del tiempo porque al crecer, jamás debo pensar que mi palabra no vale. Sus enseñanzas deben ser impartidas libres de cargas negativas, libres de problemas psicológicos, dadas por docentes concientes de que todo buen profesor comprensivo podrá ser llamado maestro pero que todo profesor pasivo, huraño y desentendido no será recordado sino por su faceta de persona poco creativa y amarga.
Este prototipo debe ser tan genial que jamás adquiera la categoría de 'nada de especial' que puedan darles sus dicentes, y para tal hecho, es necesario que sus directivos sean excelentemente calificados, con motivaciones personales para el cargo que ejercen y sin ningún ánimo de simple enriquecimiento, siendo en realidad su principal objetivo influir positivamente en las vidas de los niños y jóvenes que pasen por sus manos.
Es ideal si al finalizar mis estudios su director puede sonreírme al entregarme contento mi diploma. Es también ejemplar porque apoya proyectos científicos, técnicos o prácticos en cualquier materia, liderados por quienes un día comenzaron a aprender satisfactoriamente todo lo enseñado.
Jamás me hubiese dado cuenta de lo ideal que era mi propio colegio si la profesora no nos hubiese puesto a pensar en ello. Jamás hubiese cambiado mi concepto de 'nada de especial' que en mis cortos dos años creía que significaba éste para mí, sino comprobándolo con mi propia experiencia. No me había percatado de ello, pero mi colegio era Mi Colegio ideal.
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