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El viaje entre las costas del África occidental y el puerto negrero de Cartagena de Indias duraba tres meses. Muchos africanos perdieron la vida o prefirieron suicidarse a soportar el cautiverio y los castigos. A pesar del hambre, las enfermedades y el maltrato, más del 75% de los embarcados en los puertos africanos llegaron al principal puerto negrero de América: Cartagena de Indias. El trato deplorable que recibían hizo que escritores como Alonso de Sandoval, testigo de la trata por Cartagena a principios del siglo XVII, escribiera:
Van tan apretados, tan asquerosos y tan maltratados, que me certifican los mismos que los traen que vienen de seis en seis con argollas por los cuellos y, estos mismos, de dos en dos con grillos en los pies, de modo que de pies a cabeza vienen aprisionados, debajo de la cubierta, cerrados de por fuera, donde no ven sol ni luna, que no hay español que se atreva a poner la cabeza en el escotillo sin almadiarse, ni perseverar dentro una hora sin riesgo de grave enfermedad. Tanta es la hediondez, apretura y miseria de aquel lugar.
El impacto de la Conquista en las poblaciones nativas tuvo como consecuencia la paulatina disminución de la productividad de la economía colonial. Por esta razón los propietarios de minas, hacendados, transportadores y comerciantes presentaron solicitudes a las autoridades españolas en las cuales pedían que fueran traídos esclavos negros del África. Desde los primeros decenios del siglo XVI, la gente del África comenzó a trabajar en las principales actividades económicas de la Nueva Granada: la minería, la agricultura, la ganadería, la construcción, el transporte y todos los oficios requeridos en la vida diaria de pueblos y ciudades.
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