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Cada africano o africana que llegaba a Cartagena de Indias, y luego a las diferentes localidades de la Nueva Granada, representaba una mano de obra cualificada. El trabajo de la minería y la orfebrería, los conocimientos en agricultura, pesca y ganadería, y los saberes sobre las plantas y animales eran sólo algunos de los atributos que interesaban a los mercaderes en el momento de la transacción. Los mercados negreros ofrecían personas procedentes de sitios muy diversos que poseían variados saberes y tecnologías. Los españoles conocían sus destrezas gracias a las crónicas sobre el África sub-sahariana que circulaban en Europa desde la Edad Media. Por eso el precio de los cautivos no sólo dependía de su fortaleza física: saber extraer el oro de peñas y ríos, cultivar la tierra, ocuparse del ganado, atender la cocina, herrar los animales de tiro o cualquier otro dominio, por ejemplo curar con plantas, significaba un valor adicional que repercutía en el precio. Una vez conducidos a sus nuevos ámbitos de vida, en las minas, haciendas y ciudades de todo el territorio, fueron intercambiando sus saberes acerca de la selva y las sabanas con españoles, indígenas y mestizos. Del mismo modo, los legados africanos se adaptaron a los nuevos entornos de vida.
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