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La gente desterrada del continente africano era portadora de una particular visión religiosa del mundo, fundamentada en un sistema complejo que integraba, mediante la oralidad, el espacio de los vivos con el de los muertos. El culto a los antepasados se constituyó, entonces, en un ámbito sagrado que se ritualizaba a partir de la palabra, el gesto y el despliegue iconográfico; así se creaba el escenario donde se podían adquirir los fundamentos del ser individual, social, religioso y político.
Esta concepción de la realidad, que integraba la naturaleza con la mente, suponía la existencia de potencias, espíritus o almas interactuantes propias de los seres del mundo material que, al ser liberadas a través de la palabra, debían establecer la comunicación entre los vivos y los muertos. En este sentido, la palabra era considerada el agente activo de la magia y un soporte de la memoria colectiva. En la Nueva Granada, los esclavizados africanos y sus descendientes heredaron y conservaron esta línea de pensamiento y la emplearon para crear y recrear prácticas mágicoreligiosas que les permitieron garantizar su supervivencia física y cultural. Esta forma de resistencia tuvo variados matices: se hacía renegando de forma voluntaria de la fe que profesaban los amos y colocándose así por fuera de la religión católica; o manipulando y utilizando las potencias de los seres del mundo material con el propósito de generar desequilibrios y atacar a los representantes del sistema esclavista.
La sociedad colonial valoró de forma negativa este tipo de prácticas culturales y espirituales, se apartó de su sentido real llamándolas brujería y buscó, a toda costa mediante la evangelización, que el cautivo africano renegara de sus tradiciones con el fin de integrarlo a las del mundo católico occidental.
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