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Las pueblos africanos situados en la costa occidental del África se distinguieron por el dominio del trabajo en hierro. El conocimiento de técnicas para el forjado del metal, a base de martillo, asignaba a quien las ejerciera un lugar de preferencia en la sociedad. De ahí que muchos africanos traídos a este territorio durante el periodo colonial fueran expertos maestros del hierro. Los guineos, es decir, mandingas, fulos, yolofos, branes, zapes y balantas, por ejemplo, fueron muy apreciados por los esclavistas españoles, pues sabían de sus destrezas como herreros.
Dichas sabidurías ancestrales fueron trasmitidas de generación en generación; es por esta razón que las poblaciones afrocolombianas de hoy mantienen la tradición de la forja del hierro a base de martillo. Estos conocimientos están vivos en algunos lugares de la costa Caribe, donde es posible adquirir rejas para balcones, ventanas y puertas con profusión y variedad de adornos de hierro retorcido. Los artesanos aprovechan la maleabilidad y ductilidad del metal para elaborar placas con motivos que imitan las formas de los reinos de la naturaleza.
En Mompox, por ejemplo, la arquitectura exalta el profundo conocimiento del manejo de la forja que tuvieron y tienen sus habitantes, descendientes de los antiguos esclavizados que sirvieron al marqués de Santa Coa y de Valdehoyos. Los grandes ventanales que adornan los enormes caserones; los escudos de las familias que vivieron en la época colonial, sobrepuestos a ventanas y puertas; las llaves de enormes dimensiones y los famosos cerrojos con sistema de seguridad de "rabo de alacrán", para la seguridad del lado interior de la puerta, son apenas algunos ejemplos de las posibilidades creativas de los artistas del lugar.
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