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Cuando un niño, alumno de los primeros grados, defiende a una hermanita agredida por un hermano mayor, y le explica (a los gritos quizás): "¡Las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres! Ella no tiene que hacerte caso...", está introduciendo en su familia una pauta aprendida en la escuela. Los adultos, aunque no siempre decidan incluir estos modelos terminan escuchando, desde el núcleo mismo de la vida doméstica, opiniones que pueden cuestionar (o desactivar) prácticas que se consideraban "normales" sin serlo.
Más allá del cansancio y de las frustraciones que los padres puedan sobrellevar, mantenerse al margen de los proyectos escolares (como si se tratase de experiencias que solo competen a los alumnos y al magisterio) arriesga caer en un conformismo que impida cambiar ideas con el magisterio acerca de aquellos temas que a los padres les parezcan importantes en el desarrollo de sus hijos, por ejemplo, la educación sexual en la escuela.
 | A las escuelas les interesa conocer la relación de los padres con sus hijos.
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El aporte de los padres no se limita a escuchar los informes de las maestras y a adherir -o no- a sus quejas, tampoco se circunscribe a preguntar: "¿Tienes tareas para mañana"? procedimientos necesarios pero insuficientes. La alternativa es otra y ya mostró su eficacia: en la escuela a la que asisten sus hijos, los adultos cuentan sus propias experiencias, sus ideas, sus conocimientos y ensayan articularlas con las novedades que la institución introduce con las expectativas de los niños.
La participación integral y directa de las familias, no solo en los centros de padres o recurriendo a la consulta psicopedagógica, sino también como una presencia capaz de transmitir el pulso de su comunidad, constituye un logro de los nuevos modelos que la escuela actual propicia. "Pero habría que cambiar muchas cosas en la educación", suele ser el comentario quejoso de algunos padres ante el reclamo docente que los convoca. De acuerdo. También sería conveniente revisar "varias cosas" en el ámbito familiar, por ejemplo, las opiniones que, en presencia de sus hijos, pueden dar los padres acerca del colegio. Sin perder de vista las dificultades por las que pudiera atravesar la familia, la escuela -que asume sus propios problemas- puede contribuir a crear nuevos y fecundos estilos de comunicación. Una comunicación que incluya los conflictos, los intercambios entre los padres y los docentes, así como el cultivo de las coincidencias en las que los escolares puedan apoyarse y confiar.
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