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Marco Conceptual
La evaluación como herramienta para el mejoramiento permanente de la calidad de la educación


I. MARCO CONCEPTUAL

La evaluación como herramienta para el mejoramiento permanente de la calidad de la educación

La Revolución Educativa estableció como ejes de acción para el mejoramiento de la calidad de la educación enmarcados en un ciclo: los estándares básicos de competencias, los procesos de evaluación y el diseño e implementación de planes de mejoramiento institucional.

Como punto inicial del ciclo de la calidad se han construido y divulgado los estándares básicos de competencias, los cuales establecen las metas de llegada por conjunto de grados de lo que los estudiantes deben ser, saber y saber hacer. Estos referentes básicos comunes son los criterios frente a los cuales se valoran los aprendizajes de los estudiantes en cuatro competencias básicas: comunicativa, científica, matemática y ciudadana, como una apuesta nacional para que los niños, niñas y jóvenes del país logren cada vez mejores desempeños en contextos nuevos y retadores.

La segunda instancia del ciclo es la evaluación de los estudiantes, de los docentes y de las instituciones. Allí el norte del trabajo común es el Proyecto Educativo Institucional (PEI) que define la misión y la visión de lo que se espera alcanzar en la formación de los estudiantes. Las pruebas censales se diseñan para valorar el desempeño escolar de los niños, niñas y jóvenes del país teniendo como marco de referencia a los estándares básicos de competencias.

Así, los resultados de la evaluación nos dan información objetiva para tomar decisiones con sentido, que orientan el establecimiento de prioridades en el Plan de Mejoramiento Institucional (PMI), el cual conforma la tercera instancia del ciclo de calidad.

En este marco, las evaluaciones tienen una fuerte influencia en el aseguramiento de trasformaciones en las prácticas pedagógicas y en cambios en los procesos que ocurren al interior del aula para garantizar el desarrollo de competencias en los estudiantes. La evaluación se constituye en la herramienta más potente para el mejoramiento de la calidad educativa.

Por otra parte, en el país hemos avanzado hacia la conformación de un Sistema Nacional de Evaluación donde convergen de forma articulada la evaluación de estudiantes, docentes e instituciones. En estudiantes, tenemos los procesos de aplicación de pruebas censales SABER para 5° y 9° grados de educación básica, y el Examen de Estado para el grado 11 de educación media, estas dos mediciones permiten tener información de los alcances de los desempeños de los estudiantes colombianos.

Estas evaluaciones censales, son además insumos para la planeación de las instituciones educativas y material de trabajo pedagógico en el aula. Igualmente, hemos participado como país en algunas pruebas internacionales como PISA, SERCE, TIMSS y CIVICA, ellas permiten referenciarnos con otros países. Esto significa que contamos con valiosa información externa de los estudiantes tanto nacional como internacional y que la tarea ahora, es hacer análisis y uso pedagógico de los resultados de las evaluaciones orientados a las metas de los aprendizajes formuladas en los estándares básicos de competencias.

El reto de la evaluación de los aprendizajes en el aula, es lograr que efectivamente se valore el avance que cada estudiante tiene en diferentes momentos del proceso de enseñanza. Valorar en este sentido es poder tomar distancia para comprender y favorecer el logro de las metas propuestas. La evaluación entonces, debe ser vista de manera integral donde intervienen elementos propios de la enseñanza, el currículo y el aprendizaje en beneficio diferenciado de los estudiantes.

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En los años sesenta y parte de los setenta las políticas de evaluación y promoción de estudiantes establecían la necesidad de centrar los esfuerzos en la definición de promedios sumativos de calificaciones en escala numérica de manera periódica. En esa época el país contaba con un currículo preestablecido de orden nacional y se emprendían procesos evaluativos de orden netamente cuantitativo.

A partir de la expedición de la Ley General de Educación (1994) se da una profunda reforma a la educación. Se establece el Proyecto Educativo Institucional (PEI), como la carta de navegación de las instituciones educativas, permitiendo así contemplar las diferencias socioculturales del país. Esto implica el cambio de un currículo centralizado, único, basado en objetivos; a la definición de currículos más pertinentes, en el marco de una política general que busca desarrollar competencias. En este sentido, la evaluación ya no es sumativa (promedio de calificaciones numéricas por períodos lectivos), sino formativa, integral y cualitativa; ello condujo la expedición de nuevas normas sobre el tema, tales como el Decreto 1860 de 1994, y los decretos 230 y 3055 de 2002. En dichas normas se empieza a concebir la educación y por ende los procesos de evaluación desde el marco de las competencias y de esta forma la evaluación al interior de las prácticas de aula cobra un sentido distinto.

Hablamos entonces de una evaluación que se abre hacia la valoración no solamente de los avances del estudiante en su formación integral, sino que también involucra a los distintos actores educativos de una forma comprometida y dinámica. Con esto los padres de familia, los docentes, los directivos docentes, la institución y el sistema educativo mismo, adquieren un protagonismo esencial en los procesos evaluativos de los estudiantes y en el acompañamiento de estos para el logro de las competencias básicas.

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La mirada actual de la evaluación, exige para el maestro un lugar de mayor responsabilidad en tanto los informes de los estudiantes ya no son un compendio de números que no dicen con exactitud la diferencia entre un estudiante y otro, sino que deben ser la herramienta de comunicación del logro de los estudiantes entre los maestros, padres de familia y los mismos estudiantes.

Por lo anterior, resulta esencial en el aula que no se realicen únicamente aplicaciones de pruebas en un corte de tiempo definido sino que realmente se implementen procesos permanentes de evaluación cualitativa, integral y formativa. Así, el trabajo de evaluación debe procurar responsabilizar a los maestros de las acciones pedagógicas necesarias para facilitar el aprendizaje; a los estudiantes de sus procesos de avance; y a los padres de familia del acompañamiento de sus hijos.

Una evaluación adecuada y transparente hace explícitas sus reglas y objetivos en relación con los desempeños que evalúa y permite abordar estrategias para los aprendizajes que se dificultan. Es importante que la práctica de la evaluación de aula dé una retroalimentación asertiva que empodere a los estudiantes para seguir mejorando. En relación con lo anterior, el reto de la institución educativa es establecer un sistema de evaluación coherente con lo establecido en el proyecto educativo institucional y consensuado con sus docentes.

Entendemos la importancia de adelantar una discusión amplia sobre las maneras como se está llevando a cabo la promoción de los estudiantes en las instituciones educativas, para entender la responsabilidad e impacto que tiene la evaluación en el paso de los niños de un nivel a otro. Los procedimientos para la promoción deben generar una reflexión permanente de la institución educativa centrada en el logro de que todos los niños alcancen los desempeños esperados y de esta forma no se fomente la pérdida de estudiantes, y sí más bien se asegure consensos para su beneficio.

La invitación a la comunidad educativa es que avancemos hacia el cambio de una cultura de la evaluación, donde se deje de pensar en ésta como una herramienta punitiva o de sanción y más bien se asuma como el aporte que le da al proceso educativo dentro del marco de mejoramiento de la calidad, constituyéndose en una instancia articulada de prácticas pedagógicas cada vez más dinámicas e incluyentes.

 

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