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Lea la introducción, el prefacio y conozca quienes son los protagosnistas del libro 'Quince experiencias para aprender ciudadanía ...y una más', escrita a seis manos por Antanas Mockus, Eduardo Escallón y Rosario Jaramillo. El libro, editado por Empresarios por la Educación y el MEN, recoge dieciséis crónicas sobre experiencias significativas y fue lanzado el pasado 21 de octubre.


El Programa de Competencias Ciudadanas está basado en la creencia de que la educación es uno de los caminos para transformar, tanto en lo individual como en lo colectivo, las diversas condiciones que hoy nos impiden construir un país justo y en paz.

De manera particular, las competencias ciudadanas se convierten en herramientas con las que las personas pueden establecer relaciones de un modo mejor. El proporcionar esa conciencia y los medios para hacerlo es invitar a la gente a relacionarse de manera diferente y por consiguiente a producir un cambio en la cultura o, mejor, a producir una cultura distinta.

Como parte de ese programa se ofrecieron al país los estándares en competencias ciudadanas, o sea las pruebas que permitieran comprender cómo pensaban, sentían y se imaginaban al país político los estudiantes, y los talleres de socialización con los principios que sirvieron de base para desarrollar dichos estándares y pruebas.

Sin embargo, se encontró que los conceptos "estándar" y "competencia" despiertan mucho recelo entre quienes asumen la acepción más tradicional de los términos, a la vez que "ciudadanía", e incluso "democracia", invitan al escepticismo entre los que les adjudican su sola dimensión política.

Si bien el término estándar se asocia a las normas técnicas de calidad en los bienes de uso, este concepto se puede llevar –aunque no sin dificultad, pero a lo mejor con gran provecho– a la educación. En este sentido, definimos "estándares" como criterios claros y públicos que permiten conocer lo que deben aprender los niños, niñas y jóvenes, al establecer el punto de referencia de lo que están en capacidad de saber y saber hacer en contexto, en cada una de las áreas y niveles de la educación. Así, se puede poner en discusión qué debe ser lo fundamental y lo básico a lo que deben tener acceso todos los niños y niñas del país y, sobre esos mínimos acordados, construir los proyectos educativos de cada institución escolar.

De igual forma, la palabra "competencia" se presta a confusión con la idea de disputa o contienda, que implica oposición o rivalidad. Pero lo cierto es que no son ni lo uno ni lo otro, pues la competencia se relaciona con la idoneidad y la aptitud, como cuando se domina una técnica, una disciplina o un arte. Se puede decir que las competencias son un conjunto de conocimientos, actitudes, disposiciones y habilidades (cognitivas, socioafectivas y comunicativas), que se relacionan entre sí para facilitar el desempeño flexible y con sentido de una actividad en contextos relativamente nuevos y retadores. De esta forma, las competencias antes que ser para competir, necesitan de cooperación.

Entendidos así, estándares y competencias, nos permiten afirmar que la ciudadanía se puede enseñar y evaluar para construir una sociedad mejor. Sin embargo, esto requiere de una ampliación de lo que se entiende por "ciudadanía". Para el efecto es necesario pasar de una ciudadanía como un estatus que se adquiere a determinada edad –y que conlleva una serie de derechos y deberes como el de elegir y ser elegido– a una idea que se construye en el ejercicio de la misma ciudadanía con los demás y en diferentes contextos. Todo lo anterior invita a un cambio de una pedagogía de lo ciudadano cuya prioridad era la memorización de conocimientos –en particular los referentes a las instituciones políticas– a una aproximación pedagógica que, sin olvidarse de los conocimientos, privilegia las experiencias que mejoran las relaciones personales y la construcción activa y conjunta de conocimiento.

Esta construcción implica la reflexión sobre las prácticas en las que se analizan las motivaciones para la acción y las consecuencias de las decisiones, las emociones involucradas y las habilidades comunicativas comprendidas en el ejercicio de la convivencia, la participación responsable en procesos democráticos, y el respeto y valoración de la pluralidad y las diferencias. De esta manera, la idea de ciudadano entendido como la persona sujeta a una autoridad política está dando paso a una más amplia en la que se entiende a los ciudadanos como personas participativas que viven en sociedad y se relacionan no sólo con otros sino con el Estado en una variedad de situaciones en las que mutuamente se afectan, controlan y buscan acuerdos. Este es el concepto de democracia en construcción en el que se sustenta la idea de Competencias Ciudadanas.

De esta forma, el énfasis en las relaciones entre las personas, y de las personas con el Estado –y con la naturaleza– cuyo efecto es la producción de cultura, determina la cohesión entre la convivencia, la participación y la pluralidad. De igual manera, ese énfasis y esta cohesión le otorgan un papel capital al desarrollo moral, entendido como el avance cognitivo y emocional que permite a cada persona tomar decisiones más autónomas y realizar acciones que reflejen una mayor preocupación por los demás y por el bien común. Estas decisiones y acciones se deben basar en un diálogo y una comunicación permanente que permita encontrar balances justos y maneras de hacer compatibles los diversos intereses involucrados.

Así, la convivencia y la participación que se buscan requieren de una manera más amplia de entender el pluralismo. Esto quiere decir que además de permitir la coexistencia, se necesita que el pluralismo fomente la cooperación. Con esto no sólo se logra que las personas puedan respetar sus diferencias sino que el vivir en comunidad debe llevar a los ciudadanos a ir más allá de sus diferencias étnicas, de clase o de género, para operar conjuntamente en el logro del bien común o del interés público. Pero esto no es suficiente. Desde la ética del cuidado se invita a ampliar el concepto de desarrollo moral y a aumentar el espectro de alcance del pluralismo de manera que incluya la exploración conjunta y el disfrute compartido.

La exploración conjunta incluye escuchar y prestar atención receptiva al otro de manera que quien lo hace suspenda sus propios proyectos, propósitos y sus expectativas establecidas a priori, para aprehender al otro en sus propios términos. Esto permite cambiar la percepción a la vez que continúan las diferencias, gracias a una nueva forma de entendimiento que para ser óptimo ha de ser recíproco. No es suficiente que unos y otros se escuchen a través de las barreras sociales, económicas, culturales, raciales y étnicas. Es necesario abrir las mentes y los corazones para ser receptivos, pues es a través de las propias creencias que las personas oyen y ven a los demás. Luego si lo que se quiere es ser verdaderamente receptivos hay que dejar las creencias de lado, lo que implica a la persona dejar ser sí misma por un momento. No es sencillo, pero es la única manera de aprender lo que se siente ser otro y es la única manera de comenzar un diálogo.

En la medida en que las personas se preocupan por justificar y defender la superioridad de sus propias creencias caen en el temor de ver derrotados sus argumentos y sus posiciones.

Si lo que se desea es explorar de manera conjunta formas de hacer compatibles los diversos intereses involucrados, la ética del cuidado insiste en que es necesario cambiar el foco de atención en la preocupación por la justificación moral a un interés por cómo se pueden crear y mantener mejores relaciones entre todas las personas. Esto último sería la solución al verdadero problema moral. Es decir, una construcción pluralista de mejores relaciones basadas en el entendimiento recíproco, que puede conducir a la búsqueda de verdades complejas por medio de la indagación compartida.

Pero las relaciones pueden avanzar más allá de la exploración conjunta y llegar a propiciar acercamientos transformadores en las personas. Para esto último se necesita algo que Ann Diller llama el pluralismo del disfrute compartido. Ella insiste en que el conocimiento moral consiste en un conocimiento específico acerca de una persona en particular, pero ese conocimiento no es suficiente si no se ha preocupado por entender lo que de verdad le importa a esa persona en particular. Usualmente eso que le importa es lo que la hace feliz.

En contraste con las grandes configuraciones políticas como las naciones-Estado, las instituciones educativas son pequeñas unidades de comunidad donde diferentes personas se encuentran cara a cara todos los días. En consecuencia, las instituciones educativas son espacios privilegiados para ejercer el desarrollo de la convivencia, la participación y el pluralismo.

Hoy se puede apreciar una movilización de la educación colombiana hacia una mayor contribución a la formación de ciudadanos. Se identificaron más de 195 y se seleccionaron para esta publicación 16 experiencias en competencias ciudadanas. Maestros, padres y alumnos han reconocido habilidades, conocimientos prácticos y aspectos de la formación que ameritan un esfuerzo prioritario si de lo que se trata es de construir ciudadanía.

Fiel a las mismas propuestas de tales competencias, el equipo que planeó los talleres de socialización de los estándares partió de la idea que ya venía desarrollando el Ministerio desde hacía varios años de compartir saberes con las personas de las regiones a las que se visitaba y así se invitó a los municipios y capitales departamentales a presentar experiencias significativas que llevaran un tiempo desarrollando las competencias. Con esto, se reconocía el hecho de que si bien la propuesta del Ministerio aparecía como algo novedoso, también había la certeza de que muchas maestras y maestros de Colombia ya habían identificado las mismas causas de los problemas de convivencia, de la falta de participación democrática y de la ausencia de respeto y valoración de las diferencias, y habían empezado sus propias iniciativas pedagógicas para desarrollar en sus comunidades educativas las habilidades y apropiarse de los conocimientos necesarios para solucionarlas.

Lo anterior representaba todo un movimiento a favor del "uso público de la razón", que como es sabido entraña la libertad de pensar y de expresarse para poder discutir, libertad que, como se ha señalado, a su vez demanda habilidades como la de comprender al otro, saberse poner en su lugar y coordinar las dos perspectivas, o la de construir y evaluar argumentos. Esa movilización procura también la propagación de actitudes como la empatía con quienes sufren, por causa nuestra o no. Así, aceptar los retos de la discusión pública y ser solidario –sobre todo– con el desconocido, como lo demuestran las experiencias, son rasgos de quien se construye como ciudadano.

Al convocar esas experiencias a los talleres se quería dejar en claro que una de las mejores formas para avanzar en los procesos es aprender de otros y que en todos los rincones del territorio había personas de las cuales podríamos sacar alguna enseñanza. Era una forma de comenzar a sensibilizar a las secretarías, las directivas, los docentes y estudiantes para la preparación del Foro Nacional Educativo de octubre 25 y 26 de 2004, el cual reunirá cerca de 190 experiencias, expertos nacionales e internacionales y personas relacionadas con la educación de todo el país.

Tanto esas experiencias como las que componen esta obra, que apenas comienzan a sembrar estrategias para el desarrollo de competencias ciudadanas, saldrán fortalecidas del foro para continuar su camino de mejoramiento.

Aquí hallará el lector experiencias donde se aumenta la capacidad de resolver problemas y superar desacuerdos vía arte, protección del medio ambiente o mediante instancias colectivas de solución pacífica de conflictos. Verá que a veces la escuela se proyecta sobre las familias. Que a veces lo que moviliza a un grupo de estudiantes es un proyecto de interés ciudadano externo. Que a veces se trata de innovaciones pedagógicas.

La propuesta de competencias ciudadanas tiene algo muy específico, que a su vez es quizás lo más poderoso: la idea de formar competencias. No es hablar de valores. No es hacer carteleras que digan que dialogar es lo mejor, ni es cantar canciones sobre lo bueno de compartir. Es desarrollar habilidades que se puedan poner en práctica en situaciones reales, es apoyar a los estudiantes para que sean más capaces de enfrentar las situaciones complejas de la vida cotidiana en sociedad. Casi todos los colegios en Colombia trabajan en temas de convivencia o de ciudadanía, pero realmente son muy pocos los que en este momento están trabajando en formación desde las competencias ciudadanas.

La coincidencia de varios factores hace a estas experiencias pioneras en el esfuerzo de construir ciudadanía desde la escuela. Todas ellas parten de un problema preciso y real que, o bien se identifica en la institución, o bien pertenece a la localidad o la comunidad. Así, encontrará a los que quieren generar reflexión sobre su desarrollo regional y su identidad, o quienes transforman su manual de convivencia para generar procesos que conduzcan a la verdadera convivencia y se pase del discurso correcto a las acciones. Están también los que le han encontrado nuevos sentidos al aprendizaje por medio de la recuperación de los valores, del idioma y otros aspectos de la cultura propia y ajena para valorarse y valorar a los otros, incluso por fuera de Colombia. O quienes ven la necesidad de involucrar a las autoridades para solucionar un problema elemental de convivencia como lo es la regulación del tránsito automotor, o enseñar a expresar las emociones y los sentimientos, o a ponerse en el lugar del otro para generar empatía y acciones de solidaridad, o incluir a los menores en el gobierno y en el aprendizaje de la toma de decisiones para el bien común en una comunidad de verdad pluriétnica y multicultural conformada por toda clase de inmigrantes.

También se puede aprender de quienes exploraron pedagogías incluyentes basadas en una aplicación seria del aspecto lúdico del aprendizaje para transformar la violencia en creación. En ese sentido el lector verá la experiencia de una rectora que rescata una institución literalmente sentenciada a muerte en medio de los actores armados y que por medio de la exigencia con amor logró motivar a toda una comunidad para trabajar por la convivencia pacífica y la excelencia académica. Como si lo anterior fuera poco, una maestra de educación física elabora un programa de desarrollo en los valores, para darles esperanza real a los hijos e hijas de familias directamente afectadas por la violencia armada. O el caso de los jóvenes que a partir de una investigación en sociales terminan derrotando a la corrupción en su municipio. Así como éstas hay varias más que de la misma manera responden a necesidades verdaderas y logran aportar soluciones concretas. Es lamentable tener que señalar que en ambos casos de participación juvenil fue necesario que el problema creciera hasta generar muertes para que las autoridades y los medios oyeran las iniciativas que, de haber sido escuchadas a tiempo, las habrían evitado.

Otro aspecto que se infiere del común de las experiencias es que ninguna de ellas llegó a lo que logró trabajando sola. Todas y cada una de las personas que identificaron problemas y vislumbraron soluciones buscaron ayuda. Y la ayuda vino de muy diversas partes: de amigos y colegas, de personas con experiencia o, casi siempre, de instituciones que están dispuestas a dar el apoyo y a hacer seguimiento a las iniciativas.

Todas estas iniciativas van generando un proceso que le permite al sector educativo ayudarle al país en la armonización de ley, moral y cultura. Gran parte de las agresiones y las acciones delincuenciales se deben al divorcio entre ellas. Lo que dice la ley no es conocido o, siéndolo, cede ante lo aceptado en alguno de los ambientes culturales que influyen sobre la niña o el niño. La conciencia se debate entonces en el dilema sin saber qué hacer. Transformar con conocimiento oportuno y con actitudes adecuadas esa aceptación cultural de la ilegalidad y aprender a respaldar culturalmente el cumplimiento de los deberes legales son dos necesidades inaplazables.

Ello significa que muchos jóvenes pueden ahora conocer mejor el Estado Social de Derecho y sus garantías, y saber que no hay delito sin daño y sin víctima. Saber a tiempo de los horrores de la justicia privada y entender que donde no hay respeto a las leyes cunde la llamada "ley de la selva" bajo cuyo imperio nadie logra tranquilidad, ni siquiera los que transitoriamente son los más fuertes.

En esta perspectiva, sobresale un proyecto que involucra más de una cincuentena de colegios, varias secretarías de educación y hasta una ONG internacional llamada Centro Nacional de Información Estratégica (NSCI) basada en Washington. Esta ONG se ha interesado en recoger y divulgar iniciativas como la aplicada en Palermo, Italia (donde el alcalde Leoluca Orlando puso en marcha una estrategia para transformar la ciudad que se encontraba totalmente penetrada por la cultura mafiosa), y en otras ciudades o regiones como Hong Kong y Baja California, en México, también gravemente afectadas por la influencia de organizaciones criminales. En cursos de noveno grado, no sólo en Bogotá y en Medellín, sino en otras ocho ciudades se enseña el currículo de la Cultura de la Legalidad, con apoyo de un libro, una película y de maestros que van entrenando a nuevos maestros.

Estas iniciativas han ayudado a los jóvenes a rechazar o, por lo menos, a empezar a cuestionar el modo de vida asociado al delito y a reconocer como indebidas acciones que aceptaban como normales. Ahí, hasta reponer un libro perdido con un libro pirata se vuelve tema de discusión, oportunidad para el aprendizaje. Obviamente los conflictos morales son más intensos cuando es el sustento familiar el que proviene de actividades ilegales. "El currículo no pretende juzgar sino formar", responde un educador que ayuda a reconocer las desventajas de la ilegalidad. Un joven responde mostrando que el camino apenas se ha iniciado: "yo he sido casposito, terrible, pero hay que pensar más en el futuro. Trato de llevarme por una vía que no tenga tanta vaina, que pueda seguir sin peligro".

Salirse de la ilegalidad es a veces tan costoso que mucho darían las personas a cambio de no haber entrado nunca en ella. La educación legal y la formación en la "cultura de la legalidad" son como la educación sexual: no se pueden aplazar para cuando los jóvenes hayan empezado a aprender a sus propias costas.

Aprender el significado y la importancia de la norma y los beneficios de vivir de manera legal; conocer los derechos y la manera de respetarlos y hacerlos respetar; comprender las formas de construir comunidad mediante la aceptación de los demás antes que por la imposición de las creencias propias; partir del entendimiento de las necesidades para lograr el bien común, son varias de las enseñanzas que encontrará el lector en este libro. Todas ellas son invitaciones a construir la cultura a partir de una dialéctica incluyente. Esta es quizás una de las mejores enseñanzas que nos transmiten nuestras heroínas y nuestros héroes anónimos, quienes con esfuerzo y constancia constituyen un nuevo agente de desarrollo que nuestras sociedades deben rescatar y poner en primer plano. Este libro es una pequeña muestra de todo lo que tenemos que aprender de estos emprendedores sociales que construyen, con sus actos cotidianos, ciudadanía.

Por: Antanas Mockus Sivickas, Eduardo Escallón Largacha, Rosario Jaramillo Franco.

Aprender para la convivencia
Cecilia María Vélez White, Ministra de Educación Nacional

"Estamos convencidos de que la educación es uno de los caminos que hará posible la paz. En consecuencia nos hemos propuesto adelantar una Revolución Educativa, con un reto doble: asegurar que para el 2006 podamos dejar estructurado en el país un sistema que garantice en el tiempo que todos los niños puedan acceder a la educación; y, paralelamente, asegurar que el paso por la escuela garantice el desarrollo de habilidades y capacidades que permitan a todos los colombianos seguir aprendiendo, progresar, mejorar su calidad de vida y aportar para que el país pueda desarrollarse en el mundo contemporáneo utilizando todo su potencial". Ver más...


Reseña de las experiencias significativas del libro


Este es un abrebocas de lo que será el libro de experiencias que por su calidad sirve de referencia para la transformación y mejoramiento de la enseñanza y aprendizaje de las competencias ciudadanas. A continuación conozca una breve información sobre éstas y sobre los protagonistas que las realizaron a lo largo y ancho de Colombia.

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