¿Sabía Ud. que las mayores diferencias de rendimiento entre los alumnos se concentran en la sala de clases? ¿Que detrás de los rendimientos promedios de cada colegio se esconde toda una gama de destrezas, que va desde los alumnos con mejores puntajes hasta los alumnos con rendimientos más deficientes?¿Que la mayor brecha de todas no está en la comparación publico-privado (como enfatizan unos) ni ricos-pobres (como resaltan otros), sino que se encuentra entre compañeros de curso; entre alumnos que comparten a una misma profesora, que van al mismo colegio y cuyas familias son de similar nivel socioeconómico?
Los datos de 4to básico de la prueba SIMCE 1999 muestran que, en Chile, el conocimiento matemático se distribuye siguiendo un patrón 10 : 20 : 70. Esto quiere decir que 10% de las diferencias de puntaje se encuentran distribuidos a nivel de comunas, provincias y regiones, otro 20% corresponde a diferencias entre los colegios, y el 70% restante corresponde a diferencias de rendimiento que se observan dentro de la sala de clases Ramirez 2003.
Esta estructura de distribución del conocimiento tiene varias e importantes implicancias para la política educativa. Primero, echa por tierra la idea de que a una cierta edad y en un cierto grado, los alumnos manejan un repertorio similar de conocimientos y habilidades. Estos resultados muestran enormes diferencias en lo que los compañeros de curso son capaces de hacer. De acuerdo al informe de resultados SIMCE 1999, un tercio de los alumnos no alcanza el nivel básico de desempeño, otro tercio alcanza este nivel, un cuarto se ubica en la categoría intermedia, mientras que sólo uno de cada diez alcanza el nivel alto – nivel que realmente corresponde a las expectativas curriculares para 4to básico. Todo este espectro de rendimiento se encuentra concentrado en las mismas salas de clases.
Segundo, esta situación sensibiliza respecto a la labor docente (¿Imagina Ud. lo que es estar en una sala tratando de enseñar a 30 chicos así de dispares en sus conocimientos?). También impone un desafío enorme para el diseño de estrategias instruccionales efectivas. Mientras algunos niños están listos para seguir avanzando en el programa de estudios, otros aún están lidiando para aprender los contenidos ya pasados. Nos encontramos entonces con que si la enseñanza se orienta a las necesidades de los alumnos con mayores dificultades, se le pone un techo a los alumnos más avanzados. Y por otra parte, si la instrucción da prioridad a las necesidades de los alumnos con mejor rendimiento, se corre el riesgo de dejar aún más atrás a los alumnos que ya están rezagados.
Esta diversidad de necesidades de aprendizaje llama a la implementación de una instrucción que tome en consideración los requerimientos de alumnos que, si bien comparten la misma sala, están en niveles de aprendizaje muy distintos. El uso de materiales educativos adaptables según el nivel de destrezas del alumno y de capacitación adecuada para su uso para las profesoras podrían ser un aporte en esta línea. Con este tipo de estrategias, se pretende hacer que las clases sean un desafío de aprendizaje para todos los alumnos o, dicho de otro modo, evitar que se transformen en una lata porque son demasiado difíciles para unos y demasiado fáciles para otros.
Tercero, el que las grandes diferencias de rendimiento se concentren en la sala de clases contradice la idea de que los alumnos de bajo rendimiento estén "atrapados" en colegios mediocres. Junto con ello, lleva a revisar la estrategia de focalizarse en las escuelas de menor rendimiento promedio como manera de alcanzar a los alumnos con mayor retraso escolar. Los alumnos con peores puntajes se encuentran por todas partes. Y probablemente hay más de ellos en los colegios grandes que, promediando alumnos de un extremo y otro, no logran resultados "suficientemente malos" como para recibir fondos y apoyo adicionales.
Cuarto --y esto es esperanzador-- el que las grandes diferencias de rendimiento se encuentren entre compañeros de curso que provienen de condiciones económicas y sociales similares también pone en jaque la idea de que "a los ricos les va bien y a los pobres les va mal". Miles de niños pobres del país se ubican del lado de los mejores puntajes de la distribución de desempeño, cuestionando los determinismos sociales. De igual forma, miles de niños de los estratos más acomodados muestran resultados bastante precarios.
Con esto no quiero obviar el enorme impacto que tienen en el rendimiento escolar variables como el ingreso familiar y la educación de los padres. Pero estas variables dan cuenta de las diferencias de rendimiento entre los colegios, no dentro del colegio. En la sala de clases, son otras las variables que entran en juego. Un análisis de los cuestionarios SIMCE 1999 da cuenta de la importancia de las expectativas y actitudes de padres y alumnos. Cuando los padres reportan que "Mi hijo(a) tiene una actitud positiva hacia sus estudios en el colegio" y cuando tienen altas expectativas educacionales para sus hijos ("¿Qué nivel de educación cree usted que logrará alcanzar el niño?"), se observan variaciones substantivas en los puntajes de matemáticas de alumnos que comparten un similar nivel socioeconómico.
Estos resultados indican algo que se viene diciendo hace ya tiempo: una mejoría en la calidad de los aprendizajes pasa por contar con alumnos motivados por aprender y por tener padres involucrados en la educación de sus hijos. Los colegios y profesores que logren motivar a todos sus alumnos en la sala de clases, y aquellos que logren convencer a los padres de que sus hijos pueden llegar lejos en sus estudios (aún más lejos de lo que ellos mismos pudieron llegar) estarán dando pasos importantes para mejorar la calidad de los aprendizajes en nuestro país.
Ver estudio completo en inglés.
SIMCE, brecha, equidad, inequidad, efectividad, pobreza, desigualdad, rendimiento |