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Autora: Libia Carmenza Romero Carrillo
Se llegó el mes de Mayo, nos pidieron una hoja para hacer una tarjeta para la mamá. Yo me puse a llorar porque mi mamá no estaba conmigo. Pero mi linda maestra me dijo:
-No se desanime, si quiere le escribimos una carta.
Esa idea me entusiasmó y en la hora de recreo me quedé con mi querida maestra haciendo la carta.
Mayo 15 de 1965
Querida mamá:
Le mando muchos besos y abrazos en su día. La quiero mucho y la pienso todos los días, lo mismo a mi papá y a mis hermanos. ¿Cuando vienen a verme?
Besos su hija.
Para terminar, dibujé un corazón y una flor, que coloreé con mucho esmero junto con mi maestra, que se estuvo conmigo hasta que terminé, y doblé en cuatro partes la hoja de papel con líneas, para luego echarla en el sobre, que tenía cuadritos rojos y azules en los orillos.
Cuando terminó el recreo, todas mis compañeritas regresaron, y se siguió con el comentario del día de la madre que se celebraría el domingo próximo, y les teníamos preparada una velada que yo, por supuesto, tenía que presentar.
La maestra habló del regalito que debíamos comprar para darles con la tarjeta que habíamos hecho. Se armó la algarabía:
-Yo le voy a dar una ruana.
-Mi papa le compró una vajilla.
-Nosotros vamos a matar una gallina.
-Mi hermano le compró un reloj.
-Nosotros ahorramos y le compramos unas ollas.
Así, comentario va, comentario viene, yo me quedé callada, no tenía nada para darle a mi mamá. La cara amable de mi maestra me sonrió.
Cuando nos mandó salir para la casa al terminar la jornada, me llamó para que me quedara. Me sentó en las piernas y me abrazó.
-Mamita no se preocupe que ya sé que le vamos a dar a su mamita, vamos que ya tengo la solución.
Salimos de la escuela de la mano y nos fuimos en dirección contraria a la casa de mi tía. Por el camino yo levantaba la cara y la miraba, y ella me sonreía con complicidad.
Llegamos a una casa y golpeó la puerta. Mientras abrían me dijo:
-Espere y verá lo que vamos hacer.
Abrieron y salió una señora.
-¡Profesora, dichosos los ojos, qué gusto tenerla por aquí; pero siga, siga sumercé!
-¡Muchísimas gracias, pero tranquila! es que estoy de afán, hágame el favor, don José está?
-Si señora como no, ya se lo llamo.
Salió don José, que también muy efusivamente saluda a mi maestra.
-Pero dígame en que le puedo servir.
-Es que me comentaron que usted mañana va ir al pueblo vecino, y si tiene la gentileza de llevarme una cartita.
-¡Claro profesora, ni más faltaba, con mucho gusto!
Ella, como siempre con su amabilidad y su atención, se agachó y me dijo:
-Mamita déme la cartita para su mamá.
Yo la saqué temblorosamente de mi cuaderno y se la di, ésta aun estaba sin cerrar. Me la recibió diciendo:
-Es para la señora Victoria sumercé, la conoce? Ella vive en la entrada del pueblo.
-Sí señora como no, ni más faltaba—contestó Don José.
Cuando ya la iba a cerrar echándole saliva en un orillo, me miró con los ojos llenos de ternura y dijo:
-Espere que se me olvidó una cosa.
Y buscando en su bolso sacó la billetera, y sacando un billete de a peso lo metió dentro del sobre, lo selló, lo entregó y nos despedimos.
Ella misma me llevó hasta la casa, y le dijo a mi tía que yo me había demorado porque la estaba acompañando a hacer una vuelta.
Se llegó el domingo, día de la madre. Mi tía me levanto temprano a bañarme con agua fría. Yo estaba muy triste, era el día de la madre, y mi mamá estaba lejos. Además hacía meses que no la veía.
La escuela estaba adornada con flores, había mucha gente acomodándose para la velada, niños y padres con regalos caminaban de aquí para allá.
Yo me hice en un rincón, a esperar mi turno para presentar, y me daban ganas de llorar porque ni siquiera mi tía había podido ir a la escuela ese día. Cuando me tocó el turno de salir al escenario a cantar "Clavelitos rojos",un canto a la madre, salí un poco nerviosa y con ojos llorosos. Como era de las más pequeñas me correspondió en la fila de adelante.
Empezamos a cantar, cuando de pronto mi cara se iluminó y empecé a entonar el canto con alegría, ánimo y mucho amor; acababa de ver a mi mamá sentarse en las sillas de atrás con mis dos hermanos menores, uno de brazos y otro de mano.
Cuando terminó la presentación, no salí como nos había dicho la maestra, que estaba junto a nosotras mientras cantábamos. No, yo salí corriendo por el frente gradas abajo, y corrí hasta que llegué donde mi mamá para abrazarla y darle un beso.
El golpe de mis alpargatas al correr hicieron tanto ruido que todo el mundo dejó de aplaudir y voltearon a ver qué pasaba.
Mi mamá me abrazaba y me besaba y me miraba; nuevamente se oyeron los aplausos estruendosos, al ver toda la emoción del encuentro con mi mamá que me decía:
-Gracias mija por su cartita y el billete de a peso que me mandó ya que con esa platica pude venir a verla.
Yo busqué con mi mirada a mí adorada maestra para ir darle las gracias pero ella estaba quieta en el escenario llorando de ternura, emoción y cariño.
Hoy tengo 45 años y también soy maestra, pero nunca olvidaré a mi maestra de mi primer año de escuela, cuando apenas cumpliendo 6 años encontré a la persona más maravillosa que jamás volveré a encontrar, y ese suceso de mi infancia me da el ánimo y el valor suficientes para brindar también a mis estudiantes todo el amor que mi corazón es capaz de brindar.
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