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Despacio que no hay tiempo

Desde Pamplona nos llegó este cuento escrito Rodrigo Uribe, profesor de lengua castellana y literatura de la Escuela Normal Superior de esa ciudad.

Autor: Rodrigo Uribe Carvajal

- ¡Uribe!, se queda un momento.

El profe pronunció las palabras con la amabilidad que lo acompañó por siempre y que por el miedo no pude percibir. Sentí que mi estómago sufría las consecuencias de un mareo repentino.

- "A uno sólo lo dejan por indisciplinado o por pendejo", susurró a mi oído Bernal, uno de los pocos amigos que recuerdo de mi paso por el temible bachillerato de la Escuela Normal Nacional para Varones. Podría ser para varones, pero cuando Yañez, el eterno prefecto de disciplina, o algún otro profesor soltaba la temible orden uno se dejaba descomponer por el culillo y no había hombría que valiera.

El estómago se me acabó de recalentar cuando todos los compañeros salieron y yo quedé en el salón, tan solitario como un saxofón guardado en su estuche, con una palidez transformada en incendio voraz que subió de mis piernas a mi rostro, no sin antes dar algunas vueltas por mi vientre. -No se afane, Uribe, sólo necesito que le lleve estos zapatos a su papá para que me les haga una remonta completa. Del infierno a la gloria. Del ¿qué he hecho para que me castiguen? al ¡uf, eso era todo!

Ahí empecé a tratar a Helio Hernán Buitrago. Profesor de Lenguaje y Literatura, Alias "Flechitas". No dejé pasar la oportunidad. Mi profesor de Lenguaje, amigo de Secundino, el mejor zapatero que yo haya conocido. Y no porque faltasen buenos zapateros en Pamplona.

- Con gusto, profesor. A propósito, escribí esta poesía. Con esa calma que tanto le envidié, leyó, levantó su vista y sentenció: - Concebir ideas es un paraíso, pero escribirlas es un infierno. Usted está empezando a vivir. Úntese un poco más de los clásicos. Y ande despacio que no hay tiempo.

Tomé los zapatos y salí con aire petulante. Afuera, a coro, se escuchó: ¡otro sapo!

Uno nunca sabe, de pronto el Tuerto López tampoco lo supo, cómo un par de zapatos viejos puede causar tanta cercanía entre la gente. Luego de los zapatos fueron los guayos los que pasaron por la vista, las manos, las leznas y los martillos de papá. Si había algo en Helio era su desmedido pavor al desarreglo. El tablero del aula, su tablero, así lo demostraba. Tres secciones verticales, mapas de ruta por la palabra con todas las indicaciones unidas por flechas de distintos colores y formas y un agradable sabor a orden y a comprensión que lo dejaba a uno con ganas de releer ese texto y de aplaudir a Flechitas.

– Sólo se borra hacia abajo y con mucho cuidado. La cal nos puede dañar.

Le llevé los guayos reparados. Lo vi jugar, como defensa centro, en el destartalado estadio de la Normal. Se parecía a Don Quijote. Imagínense a Don Quijote en pantaloneta, con guayos –nuevos, eso sí - una balaca sobre la frente y una seguridad absoluta para pelear con gigantes redondos y de cuero y verán a Helio.

-Más que con los pies, el fútbol se debe jugar con la cabeza.
Nos repetía siempre. De eso estuvimos seguros todos los que veíamos esos clásicos entre alumnos y profesores. Helio, como Don Quijote, no tenía piernas para el fútbol.

- Uno en la vida nace, trasciende y se muere.

Con esas palabras nos soltó toda la cátedra de inicio, nudo y desenlace; o de tesis, argumentos y conclusión; y fue más allá cuando dijo:

- entre ustedes hay tres grupos de personas, los reyes, que tienen voluntad y saben; los príncipes, que tiene voluntad pero no saben y los mendigos que ni saben ni tienen voluntad.

Yo no sabía por qué ni a qué había entrado a la Normal. Ahí supe que, en mis juegos de niño cuando mis hermanas recibían mis lecciones, había una razón muy unida al destino. Delante de mí, el maestro Helio Hernán ahora se convertía en Rey de la palabra. El número tres lo obsesionaba. Tres, eran las partes de su clase. Tres, su familia preferida. Tres, la calificación más baja. Con Helio era una vergüenza sacar menos.

El tres se hizo más verdad cuando escuché la conversación entre mi papá y Helio. Papá decía:

- Primero se mira el zapato, se negocia y se desarma, luego se le hacen los trabajos principales con mucho cuidado, responsabilidad y orden y por último se pega, se cose y se lustra: queda como nuevo.

Helio, aprendiz de múltiples oficios, repetía la lección. Desde el bachillerato hasta la Universidad, donde lo encontraría después, pegó a su cuerpo la piel del aprendizaje eterno.

Algunas noches, luego de tediosas clases universitarias, nos escapábamos – el grupo de aprendices y admiradores creció- para donde Helio. Siempre lo encontramos metido entre cientos de papeles y de libros que formaban un tapete en su comedor adaptado como estudio y siempre con una hoja ya iniciada entre el rodillo de su vieja máquina de escribir.

– Para mañana les estoy preparando esto y aquello.

Nunca dejó de sorprendernos con sus propuestas pedagógicas. En una de esas sinrazones acertadas se le ocurrió, cuando yo cursaba el tercero de bachillerato, incluirme en el reparto de "La historia del hombre que se convirtió en perro" Así nació mi pasión por el teatro y el miedo tan berraco antes de entrar a escena. Y entonces supe que las mujeres no quedan embarazadas con un beso.

Lo único que no preparó Helio Hernán fue su muerte o tal vez toda su vida fue el camino que escogió para morir así. Un día antes de ocurrir me lo encontré en el parque principal, en medio de un sol radiante como su sonrisa, comprando pan para su esposa y sus dos hijos.

–Si hay algo que nos sobra a los pamploneses es el buen pan. Pa’cucas sabrosas las de Pamplona.

Sonreímos, hablamos del gobierno, me pregunta por mamá.

- Desde que murió su papá nos jodimos con los zapatos viejos, me dijo y se alejó de allí, con la misma tranquilidad que le conocía desde hace años ahora más acentuada por la jubilación. Helio murió envuelto en su amabilidad y su sapiencia. Se acostó, cerró sus ojos y soñó con mundos posibles. Así lo encontraron al día siguiente. Abrigadito y sonriente se nos escapó de la clase de la vida.

Cuando fui trasladado como docente a la, ahora, Normal Superior sentí que me reencontraría en todos los lados con el fantasma cordial de Helio Hernán. Ya no hay zapatos para papá, ni partidos de fútbol con Don Quijote como defensa. Me dirijo a clase.

– Allá viene el cucho Uribe otra vez con su aburrida clase de español y a engrupirnos con Ensayo sobre la Ceguera y que Rosario Tijeras y que El Desbarrancadero. ¡Qué mamera!

Es "Pato", una de las voraces lectoras de una lucidez que va más allá de sus quince años y mucho más allá del grado décimo. Pato, porque le encanta que le digan así, luego de su andanada verbal sonríe con picardía y me comenta que es soportable La insoportable levedad del ser. Es en este momento que recuerdo a Papá y a Helio Hernán cuando decían: "La vida puede repetirse como el hombrecito de la lata de avena"

¿Quién es Rodrigo Uribe Carvajal?

Docente seccional de Lengua Castellana y Literatura, de la Escuela Normal Superior de Pamplona. Nació en Pamplona el 22 de febrero de 1958.

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Características
Idioma
Es
Derechos de uso
Reconocimiento no comercial Reconocimiento no comercial
Fecha y hora de publicación
28/08/2004 12:40
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