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Cincuenta años después de su muerte, la última persona que vio a Silva con vida, su amigo Hernando Villa, nos cuenta sus recuerdos de aquella noche: (...) José me invitó a tomar el té en su casa para leerme la novela en la pieza en que murió pocas horas después. Interrumpimos la lectura cuando nos llamaron a tomar el té, y nos sentamos a la mesa. Al ir a sentarse José, vi que contó con los ojos y se retiró a tomar el té sobre las rodillas, porque éramos 13. La madre de Tomás, que vio la actitud de José, dijo a Tomás, que era el más joven, que tomara el té en una mesa aparte, para que José se sentara con nosotros, y éste acercó su asiento a mi lado.
Volvimos a continuar la lectura, que terminó cerca de la una de la mañana, y José, con un candelabro de plata, en que había dos espermas, salió conmigo hasta la puerta y al despedirme le dije: "Te espero mañana a comer en casa"; a lo cual repuso: "esas comidas allí son complicadísimas y por estar delicado de salud no puedo aceptarte, pero sí voy por la noche a tomar el té". Le repuse: "¡Déjate de esa vida, vive como vivimos todos, sin tantos refinamientos, pues si sigues así, acabas por darte un balazo!". "Suicidado yo? ¡Qué bonito!", —me dijo riéndose de mí.
Al otro día, a las 6 a.m., recibí recado de la casa de Silva, de que éste había muerto. El balazo (...) se lo dio en el corazón, con un revólver viejo, que era de su padre, de fuego lateral y que poco antes fue arreglado por un armero para la defensa del guardia de la fábrica".
Se podría suponer que la muerte era un alivio contra la amargura de la vida; esto es el tema de uno de sus poemas titulado "Las voces silenciosas" y que reza: "…Oh voces silenciosas de los muertos! Llamadme hacia la altura, donde el camino de los astros, corta la gélida negrura; hacia la playa donde el alma arriba, llamadme entonces, voces silenciosas, ¡hacia arriba!... ¡hacia arriba!..."
Algunos testimonios de las personas que conocieron a José Asunción Silva sirven para mirar su vida desde otros puntos de vista y nos permiten enmarcar un poco más la personalidad de este noble escritor.
José "Presunción" Silva
Carrasquilla —en una carta a su amigo Rendón— lo describe así: "Es un mozo muy bonito, con bomba de para arriba como el doctorcito Jaramillo, y muy crespo y muy barbón... ¡Pero no te puedes suponer una bonitura más fea y más extravagante! Es muy culto y muy amable; pero con una cultura tan amambicada y una amabilidad tan hostigosa, que se puede envolver en el dedo, como cuenta "Goyo" del dulce de duraznos de Santa Rosa. Modula la voz como una dama presumida y, sin embargo, no tiene nada adamado.
... Anda como un huracán, pero con mucho compás. Da la mano pegándola al pecho, encocando cuatro dedos y parando el índice, de tal modo que uno tiene que tomársela por allá muy arriba. En fin: es un prójimo tan supuesto y afectado, que causa risa e incomodidad al mismo tiempo; y a vuelta de todas, es muy ilustrado y parece muy inteligente".
De hecho, José Asunción Salustiano Facundo, nació en una familia muy refinada, en la que la elegancia se había convertido en un estado del alma. Vestía de terciopelo traído de Europa y cortado sobre medidas, guantes de cabritilla siempre puestos, zapatillas de charol, flotantes corbatas de raso, reloj de plata, pendiente de leontina de oro, y una cartera de marfil, en la que guardaba tarjetas de visita litografiadas… Esto era a sus doce años y le costó una fama de niño bonito y el sobrenombre de "José Presunción…".
Aún joven, y debido a la mala salud de su padre, fue habilitado como mayor de edad para poder realizar actividades comerciales. Se forma la sociedad Ricardo Silva & Hijo dedicada al negocio de la venta de artículos importados. Con el propósito de establecer relaciones comerciales con casas productoras en Francia, viajó a París en 1884. A los días de la partida de su hijo, Ricardo Silva publicó un aviso en el periódico La Reforma que decía:
Negocios desde joven
"La circunstancia de tener permanente un socio en Europa, conocedor del gusto de Bogotá, les permite [a Ricardo Silva e Hijo] atender debidamente la compra y el despacho de cualquier pedido que se les haga de artículos de Francia, Inglaterra y Alemania, sea para los particulares, para el Gobierno de la Nación, o para los establecimientos públicos de la ciudad".
En París se codea con Mallarmé, Gustave Moureau, y viaja por Londres, Suiza, entre otros. La guerra perjudica los negocios de su padre y vuelve a Bogotá convertido en un intelectual muy bien acomodado, con gustos un tanto excéntricos. En 1886 muere su padre, dejándolo como jefe de la familia. Heredó unos negocios en crisis y no pudo — o no supo— salvarlos. Su almacén de artículos importados eran difíciles de vender en aquel tiempo, y por otra parte sus deudas crecían día a día, debido a las costumbres de millonario que tenía, que eran incompatibles con la situación que afrontaba; por cada $200 que ganaba de su almacén (su única fuente de ingresos) gastaba $530.
La situación se hacía insostenible, y por eso escribía a sus prestamistas, tratando de hacer negocios, pero sin disminuir su derroche, como la fortuna que se iba por los desaguaderos de su quinta de recreo "Chantilly", donde leía versos a su grupo de amigos selectos, bien vestidos de sobremesa de un banquete. Su naturaleza no pudo avenirse jamás con la pobreza aunque estuviera quebrado... No se imaginaba él que alguien pudiera escribir un poema en un cuarto mal amoblado, ni en un papel barato…
Este es uno de los motivos que hacen de Silva un personaje tan particular; el poeta maravilloso que al destino queriendo amagar, se rodea de muebles, lujos y sofisticaciones que su bolsillo no podía costear… Si bien en su Crepúsculo, aparecen y desfilan personajes de Pombo, cabría preguntarse si no es ya su vida la encarnación o la inspiración de una fábula, cuya moraleja está abierta a la libre interpretación del público.
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